Barranquilla siempre ha tenido una relación compleja con el agua. Convivimos con los arroyos, corremos cuando empieza a serenar y la ciudad se frena por un aguacero. Pero lo vivido a comienzos de febrero rompió cualquier esquema conocido. Que entre el primero y el seis hayamos tenido días de lluvia casi ininterrumpida, incluso con las brisas habituales, no es normal para esta época. Algo cambió.
Y ahí aparece lo malo. Porque más allá de cualquier discusión técnica del cambio climático lo malo es lo que uno siente cuando empieza a llover así. Para algunos sectores, como el agro la lluvia es alivio. Pero quienes hemos pasado por el sector público, sentimos angustia. Cada aguacero anticipa una noticia triste. Uno sabe que mientras el agua cae, hay familias sacando lo poco que pueden, colegios cerrando y barrios incomunicados. No es dramatismo: es la realidad de un país con infraestructura frágil y prevención insuficiente.
Pero si lo malo es el impacto, lo feo es la respuesta. Insistir desde el nivel central en que “el sistema funciona” mientras la gente sigue bajo el agua genera una desconexión difícil de justificar. Esa distancia se vuelve evidente cuando el director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, Carlos Carrillo, defiende su gestión en Blu Radio y presenta como gran logro la simple disponibilidad de ayudas, en un país donde 172 municipios están en alerta, casi el 16 % del territorio urbano. La comparación habla por sí sola.
Lo feo no es que no haya esfuerzos; es la falta de autocrítica. Confundir gestión con relato y medir la tragedia en inventarios y no en personas. Ahí el centralismo vuelve a mostrar sus limitaciones: desde Bogotá se coordinan explicaciones mientras en los territorios se viven las emergencias. Son los alcaldes y los gobernadores los que dan la cara cuando no hay luz, cuando no hay paso y cuando no hay tiempo. La ley dirá que los municipios son primeros respondientes, pero sin recursos ágiles ni prevención real, terminan siendo los únicos.
Aun así, incluso en medio de la frustración, aparece lo bueno, que surge cuando el liderazgo se ejerce desde el territorio y no desde el escritorio. En Córdoba, el gobernador Erasmo Zuleta no estaba explicando la emergencia: estaba recorriendo zonas inundadas, verificando evacuaciones y, en un momento crítico, deteniéndose a rescatar a una persona que la corriente se llevaba, mientras se aferraba a su moto. “¡Suelta la moto!” le gritó y con su equipo lo rescató. Ese gesto no es una anécdota: es una señal.
La diferencia está entre administrar una crisis y vivirla. Mientras el gobierno central se refugia en balances y comunicados, son los mandatarios locales los que ponen el pecho cuando no hay tiempo para explicaciones. El agua bajará y los informes se archivarán, pero el ejemplo queda. Porque en las emergencias, como en la política, la gente no recuerda los discursos: recuerda quién se quedó con ellos en el barro.
@MiguelVergaraC


