En mayo se cumplirán cien años del nacimiento de Miles Davis, uno de los músicos más influyentes de la historia del jazz. Su centenario ofrece una buena razón para volver a escucharlo.

Kind of Blue fue mi entrada al jazz. Fue el primer disco del género que compré, por pura curiosidad e intención. Sabía que tenía que explorar ese universo, hasta que alguien me dijo que, si había que empezar por algún lado, tenía que ser por ahí. Lo escuché de manera rutinaria durante años en el anticuado formato de disco compacto, y creo que no pasaba una sola semana sin que lo pusiera. Por las tardes en mi casa, en reuniones con amigos y, a veces, como música de fondo que acompañaba —y ayudaba— las jornadas más intensas del trabajo, que no es poca cosa.

Años después exploré otro Miles, uno más exigente y complejo, que se codeaba con las obras más arquetípicas del rock progresivo. Bitches Brew acompañó otra etapa de mi vida, en otro entorno, con otras preocupaciones. Era diferente, más áspero, más fragmentado, sin duda experimental y atrevido, tomando distancia del sosiego melódico de aquel álbum inicial. De ahí el paso fue casi inevitable hacia Live-Evil, On the Corner, Big Fun y otros discos similares. Eran álbumes dobles, con piezas que llegaban a los veinte minutos y más de improvisación. Su etapa de jazz-rock terminó siendo parte de mi banda sonora del inicio del siglo.

Ese breve recorrido personal ayuda a entender algo central en la trayectoria de Miles Davis. Cambió de sonido, de formato y de músicos con una frecuencia poco común, pero nunca lo hizo a la ligera. Detrás hubo propósito y una disciplina rigurosa. Miles conocía a fondo el lenguaje del jazz y entendía la música como un trabajo diario, no como una inspiración ocasional. Por sus grupos pasaron músicos que luego marcarían el rumbo durante décadas: pianistas como Bill Evans o Herbie Hancock, saxofonistas como John Coltrane y Wayne Shorter, entre muchos otros. Tenía una notable capacidad para rodearse de talento y, sobre todo, para exigirlo.

El historiador musical Ted Gioia ha señalado que Davis tuvo la rara habilidad de reinventarse una y otra vez sin perder nunca el control de su arte. Cambiaba de estilo y de colaboradores, pero mantenía una dirección clara y una exigencia constante sobre el resultado. Esa combinación explica por qué su discografía es tan diversa y, al mismo tiempo, tan coherente. Décadas después su música sigue ahí, disponible, recordándonos que el talento sin disciplina no alcanza, que la creatividad se debe ejercitar y entrenar, y que escuchar con atención sigue siendo una de las mejores maneras de aprovechar el tiempo.

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