El discurso de Gustavo Petro a lo largo de su presidencia ha tenido como uno de sus ejes centrales la pedagogía del machismo en el espacio público, disfrazada de humor. Esto no es solo retórica: es político, simbólico y estructural. Petro ha hecho del lenguaje público una herramienta para reproducir jerarquías, legitimar roles y definir quién es sujeto político y quién es objeto discursivo.
Este ha sido, con diferencia, el gobierno que más estructuras machistas —discursivas y simbólicas— ha sostenido en los últimos años. Su discurso ha estado mediado por la construcción de las mujeres como “el otro”, reducidas a objeto frente al sujeto masculino. Y aunque sus intervenciones se han convertido en paisajes cotidianos, memes u objeto de indignación momentánea, vale la pena analizar a fondo la visión que tiene el presidente —y quienes lo aplauden mientras habla— sobre las mujeres.
Muestra de ello es el discurso inverosímil que dio el pasado martes en la reapertura del Hospital San Juan de Dios, en el que, como ya es habitual en él, cosificó de múltiples maneras a las mujeres. La afirmación “los hombres inteligentes siempre son amados por las mujeres” encierra un mensaje claro: las mujeres aparecen como premio del mérito masculino, reducidas a objeto de conquista. En los términos de lo que Martha Nussbaum denomina instrumentalización, Petro asume que la mujer existe en el relato únicamente para validar la superioridad masculina.
A esta afirmación siguió otra aún más reveladora: “las europeas no son tan bonitas… la mujer latina es mucho más hermosa”. Esto no es una anécdota ni una simple torpeza verbal. Es la reducción de las mujeres a la valoración estética de un hombre; es clasificarlas en “tipos” y no reconocerlas como personas con voz y agencia política.
En este y otros discursos, Petro ha construido un relato político de las mujeres como trofeo y objeto de conquista, y ha enseñado a los hombres del país que es legítimo referirse a ellas como sujetos pasivos. Entre chiste y chanza, desde la posición de mayor poder del Estado, ha normalizado una pedagogía del machismo. Y esto no es un asunto menor: tiene efectos directos sobre nuestra cultura política, sobre los roles de género y sobre la promesa de igualdad real y material para las mujeres.
Su narrativa y sus constantes intentos por instalar un imaginario social regresivo son una de las muchas pruebas de que este gobierno no ha sido ni liberal ni progresista. Si algo ha hecho por las mujeres, ha sido intentar instrumentalizarlas con fines políticos.
Aprovechando que se acercan las elecciones, vale la pena examinar cuál es la visión de quienes aspiran a la Presidencia frente a la narrativa de género que ha intentado imponer este gobierno, y preguntarnos quiénes tienen entre sus prioridades corregir el rumbo frente al machismo estructural al que nos ha querido conducir Gustavo Petro.
@tatidangond


