Durante años creímos que el orden mundial, con todas sus imperfecciones, descansaba sobre un conjunto de reglas relativamente estables. Acuerdos comerciales, organismos multilaterales y una idea compartida de que la integración económica era el mejor camino para reducir conflictos y generar prosperidad. Recientemente, el World Economic Forum en Davos sirvió para mandarle un mensaje claro al mundo: estamos entrando- otra vez- en una reconfiguración del orden global, liderada por Estados Unidos, disputada por China y Rusia, y padecida por el resto.

Las señales son múltiples y simultáneas. La presión de Donald Trump sobre Groenlandia no es una anécdota: es la demostración de que la geopolítica dura volvió al centro de la escena. Las revueltas en Irán, la guerra prolongada en Ucrania, las crisis profundas en varios países de África y el colapso político en Venezuela confirman que la estabilidad ya no es la norma. A esto se suma una tensión comercial creciente en regiones que antes apostaban por la cooperación, como América Latina, donde vemos disputas tarifarias entre Ecuador y Colombia que hace unos años parecían impensables.

Lo que está cambiando no es solo el mapa de poder, sino también la forma de ejercerlo. Antes, el instrumento privilegiado era el poder militar. Hoy, el arma principal es el poder comercial. Países que durante décadas defendieron los acuerdos de integración como ventajas competitivas ahora los usan, o los incumplen, como herramientas de presión política. “O usted hace esto, o yo le subo el arancel”. Así de simple. Así de crudo.

Desde mediados de los años ochenta, las reglas del comercio internacional fueron los cimientos de las relaciones bilaterales. Permitían previsibilidad, planificación y cadenas de valor relativamente estables. En la actualidad, esas reglas se rompen o se reinterpretan según la coyuntura política. ¿Puede eso ser bueno? Difícilmente porque lo que genera es, sobre todo, incertidumbre, y la incertidumbre es el peor enemigo de la inversión, del empleo y del crecimiento.

Cuando un productor basa su negocio en un acuerdo comercial y ese acuerdo se convierte en una ficha de negociación política, toda la cadena queda en vilo. El impacto no se queda en el gran empresario: llega al empleado, cuyos ingresos dependen de esa cadena, y al pequeño proveedor que vive del flujo constante de producción. Cambian las reglas del juego y todos cargan el bulto.

En Colombia lo estamos viendo con el Gobierno suspendiéndole la venta de energía a Ecuador. No se trata de juzgar si la decisión es correcta o no, porque es claramente, una carta de negociación legítima. Se trata de entender sus efectos. Para quienes exportan energía, cambia su matriz y su flujo de ingresos. Para sectores como el azucarero, que exporta decenas de millones de dólares, el golpe es inmediato. Esto es el nuevo orden: decisiones políticas que reconfiguran, de un día para el otro, realidades económicas enteras.

Ecuador lo hizo con Colombia. China busca meterse con fuerza en América Latina. Rusia consolida su influencia en Asia y África. El resultado es un regreso, casi sin disimulo, a la lógica de centro y periferia, de norte y sur. Pero con una diferencia clave: ya no domina necesariamente el más fuerte en términos militares, sino quien controla los flujos comerciales, las cadenas logísticas y, en últimas, las reglas del intercambio.

Este nuevo orden mundial no es más justo ni más eficiente. Es más incierto, más volátil y más desigual. Entenderlo no implica resignarse, pero sí abandonar la ingenuidad. La era del comercio como garantía de estabilidad terminó. Entramos, sin aviso previo, en la era del comercio como instrumento de poder. Y América Latina haría bien en tomar nota rápido para prever los efectos colaterales que las nuevas decisiones tengan sobre ella.

*Cofundador de Orza Relacionamiento Estratégico