Estoy en mi canal de YouTube (@AlbertoLineroGo) tratando de responderles a las personas que comentan mis publicaciones. El algoritmo me presenta un video de la fiesta de los 50 años de matrimonio de mis padres. Alfredo Gutiérrez, el gran músico vallenato, ejecuta maravillosamente su acordeón y todos estamos en la pista de baile. En mi casa, el que menos sabe bailar soy yo. Todos parecen tener coyunturas diferentes que les permiten movimientos que yo no puedo hacer. Se me encharcan los ojos de la emoción y veo a mi papá haciendo sus pases tradicionales, esos que hacían presente toda la diversión de la calle que llevaba encima.

Por un momento, en una toma, me encuentro con tres personas que ya murieron. Las tres murieron jóvenes por distintas razones: dos por el maldito cáncer y otra en la pandemia. Cierro los ojos y las preguntas caen como en un aguacero. ¿Por qué se muere la gente joven? ¿Cómo enfrentar la posibilidad de morir en cualquier momento? ¿Qué sentido tiene la muerte?

Mi fe aparece siempre como una malla de contención, porque desde ella creo que la muerte es solo un paso a una dimensión distinta. Le escribo a Alcy todas las emociones que tengo en el corazón y ella me recuerda la película Frankenstein de Guillermo del Toro, que vimos el pasado lunes festivo, en la que el “monstruo” quería morir y no podía. Ahí la muerte aparece como una respuesta al vacío interior, al dolor de la soledad, al sufrimiento.

Me sonrío porque el filme me dejó mucho tiempo en silencio. No se trata solo de un científico loco ni de una criatura aterradora, sino de un diálogo entre el deseo de trascender los límites y las consecuencias éticas de hacerlo. Entonces entro en un silencio que me lleva a la decisión de aceptar y asumir mi condición. No soy eterno.

La única posibilidad de que la muerte tenga sentido es que la vida lo tenga. Eso significa que tengo que dedicarme a vivir, a disfrutar, a celebrar, a exprimir los momentos que tengo con los míos, a explayarme en los instantes de placer sin ninguna culpa, a juntarme con los que amo y con quienes comparto las mismas anécdotas de siempre. Me aferro a la incertidumbre. No sé cuándo moriré; lo que sí sé es que hoy estoy vivo y que eso es suficiente.

Junto mis manos, como cuando era niño, y doy gracias por lo que soy y por lo que tengo. Vuelvo a tomar los lentes, mi bolígrafo y el libro que estoy leyendo: Sobre Dios, de Byung-Chul Han. Una de las actividades que me llena de alegría y de gozo es la lectura, y esa es una de las maneras de quitarle peso a la muerte, porque el placer siempre la distancia.

@Plinero