En septiembre de 1945, por los días en que Japón firmaba su rendición y los hongos nucleares no terminaban de disolverse, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, descendiente de una estirpe de criollos porteños venidos a menos, publicaba un cuento titulado “El Aleph” en el número 131 de la bonaerense revista Sur. El cuento, breve como todo lo del porteño, narraba la historia de un puntito luminoso ubicado en el sótano de un comedor, que contenía nada menos que todos los puntos del espacio, “sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”.
Ochenta años después, esa canica prodigiosa se ha convertido en una de las ficciones conceptuales más memorables de América Latina. Buena parte de su encanto radica en la posibilidad de leer varias historias a la vez. Los románticos pueden seguir una historia de amor contrariado. Historia que se condensa en la muy célebre frase de desesperación: «Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges». Los críticos se deleitan con las burlas mordaces, ahora casi imperceptibles, de Borges hacia el poeta inepto Carlos Angentino Daneri. Los matemáticos rastrean el origen de la pequeña esfera con todas las imágenes del universo en la teoría de conjuntos de Georg Cantor, en su infinito matemático donde el todo no es necesariamente mayor que cualquiera de las partes, en la sorprendente existencia de partes que equivalen al todo.
Los lingüistas leen una historia sobre los límites del lenguaje humano, sobre sus reducidas posibilidades de aprehender y comunicar la realidad. “¿Cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?”, se pregunta el narrador. Los cabalistas no pasarán por alto que Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo, que contiene todas las demás letras y todo el universo. Los filósofos prefieren el cuento como una transposición poética de la mónada de Leibniz, el alemán que inventó la armonía preestablecida.
Y así podríamos seguir hasta caer extenuados en algún laberinto, recorrer en vano los distintos infinitos descubiertos por Cantor, encandilarnos con la luminosa esferita con centro en todas partes y circunferencia en ninguna, extraviarnos en el limbo lógico de alguna paradoja. Por mi parte, prefiero entrever el cuento de Borges en los pergaminos del gitano, en los pliegues de un deslumbrante fragmento de Cien años de soledad, ese Aleph Caribe construido por Gabo: “La protección final, que Aureliano empezaba a vislumbrar cuando se dejó confundir por el amor de Amaranta Úrsula, radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante”.
El Aleph, sí, la ilimitada y pura divinidad, tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior…