Cuatro años han pasado desde la ruptura de Cara ‘e gato, en San Jacinto del Cauca, en Bolívar, que conforma con otros 10 municipios de Sucre, Córdoba y Antioquia la región de la Mojana. Como en ese momento, como ahora, su único pedido, el cierre del chorro, sigue sin tener eco en el Gobierno nacional. Tanto el de Duque como en el de Petro.

De la inmensa abertura, que a finales del año 2021, cuando ocurrió la emergencia invernal, superaba el kilómetro de extensión, hoy solo quedan abiertos 64 metros. Pero por allí se siguen filtrando a diario las caudalosas aguas del río Cauca. Los pobladores de la zona, situada entre humedales y deltas hídricos, conocen más que nadie su territorio. Saben cómo actúa el Cauca, tienen fechas exactas de los años en los que ha roto y por dónde lo ha hecho, de modo que, contrariando versiones de los representantes de los ejecutivos de turno, de los que pregonaron cambio y anunciaron supervivencia alrededor del agua, se resisten a tener abierto Cara ‘e gato.

Como desde el primer día, el boquete genera incertidumbre en la región y no ha dejado avanzar a sus habitantes en los últimos cuatro años. No cultivan la tierra porque temen que una corriente, en cualquier momento, arrase con lo sembrado con tanto esfuerzo. No es falta de ánimo ni de valor, sino un acto de sentido común. Hace un tiempo les pasó y, al cabo de la inundación, quedaron con deudas impagables con las entidades financieras debido a que no producen absolutamente nada, ni siquiera para dar de comer a sus propias familias.

Pese a semejante crisis humanitaria, las olvidadas comunidades de la Mojana no reclaman alimentos ni medicinas, solo anhelan el cierre de Cara ‘e gato. La respuesta del Estado ante la descomunal emergencia ha sido de una antológica displicencia. No solo les falló con el programa de las Ollas Comunitarias, que aún mantiene deudas en comercios y con las mujeres que prepararon los alimentos, sino en la entrega de aportes. A esta altura del año, debían haber llegado tres, apenas va una y no para la totalidad de los 40 mil damnificados. 

Cada historia en la Mojana habla de desesperanza. También de desconfianza y, sin duda, de malestar, por las promesas incumplidas de las autoridades del orden central, en particular de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo (Ungrd), que terminaron anegadas como las tierras de la otrora próspera región. El enfrentamiento entre los liderazgos territoriales y la entidad, sobre todo en torno a la paralizada obra del Canal de la Esperanza, retrata los recelos o sospechas de unos y otros. Un distanciamiento que impide avanzar en soluciones.

En tanto, los estudiantes de la Mojana, sin colegios ni espacios idóneos para formarse, deben recibir sus clases en bares y cantinas ubicados en las orillas de la carretera principal. Desesperada medida a la que han acudido los rectores para garantizar clases a sus alumnos.

Esas son las precarias condiciones que afrontan los niños y jóvenes mojaneros desde hace años. Y, a decir verdad, hasta ahora ninguna autoridad del sector educativo nacional se ha ocupado del asunto. Tampoco se ofrecen salidas a la crisis de las viviendas destruidas y húmedas que han obligado desde agosto de 2021 a familias enteras a habitar en cambuches de madera y plástico. ¿Dónde están el Ministerio de Vivienda o el de Salud? ¿Cómo están gestionando la solución al consumo de agua contaminada en los corregimientos de la zona?

¡Cuánto duele la Mojana, donde se juntan hoy todos los males de la nación y nadie los escucha! Sus pobladores, muchos de ellos aún entre las aguas, tienen puestas sus ilusiones para el cierre de Cara e’ gato en las estrellas, y no precisamente en las que alumbran desde el cielo, sino en las que construyen a base de cemento, arena y triturado en sus territorios con sus pírricos recursos. Desde la próxima semana, las lanzarán en Cara ‘e gato para intentar cerrar el boquete. Es su forma de rebelarse contra el mal de la indolencia de quienes debían asistirlos en su tragedia. Es su grito de esperanza ante tanto desamparo.