Durante los últimos meses se han registrado cierres de Unidades de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN) y servicios de obstetricia en varias regiones del país. Lejos de ser un fenómeno aislado o repentino, estos cierres responden a varios factores, entre ellos, una realidad estructural del sistema: Colombia viene arrastrando una expansión desordenada de servicios especializados que, en muchos casos, no se fundamentó en criterios poblacionales, epidemiológicos ni en estudios serios de oferta y demanda, sino en incentivos de un mercado débilmente vigilado.

Las UCIN son, por definición, servicios de alta complejidad. Requieren talento humano altamente especializado, tecnología avanzada, una red de soporte clínico con subespecialistas, y una operación constante que mantenga habilidades críticas en el equipo. Su existencia, por sí sola, no garantiza mejores resultados en salud. De hecho, la evidencia demuestra que, sin una adecuada articulación con los niveles de atención previos y posteriores, y sin un volumen mínimo de pacientes, su efectividad se reduce significativamente.

Hoy, la caída sostenida en la tasa de natalidad ha dejado al descubierto la fragilidad de ese modelo. Según el DANE, en los últimos 10 años Colombia ha experimentado una reducción del 32,7 % en el número de nacimientos. La tasa de fecundidad cayó a 32 nacidos vivos por cada 1.000 mujeres entre 15 y 49 años, una disminución de más de 21 puntos en el mismo período. Esto significa, que aun manteniéndose la proporción de recién nacidos que ameritan cuidados especiales, el número absoluto de ellos disminuye.

La ocupación de muchas UCIN ha caído por debajo del 60 %, muy lejos del umbral necesario para garantizar sostenibilidad financiera y calidad clínica. La baja rotación de pacientes compromete el desarrollo de habilidades del personal, debilita la capacidad resolutiva y eleva el riesgo de complicaciones. En este contexto, continuar sosteniendo servicios subutilizados no solo es inviable, sino clínicamente irresponsable.

Lo anterior, unido a la incertidumbre creciente acerca de la normativa que regirá el sistema, ha desembocado en los comentados cierres, con el consecuente impacto en el talento humano que trabaja en esos servicios.

En medio de esta crisis, surge la oportunidad de avanzar hacia un modelo de regionalización de servicios de alta complejidad, que privilegie los centros con mayor capacidad técnica, experiencia y respaldo académico. La evidencia internacional lo respalda: los países con mejores desenlaces neonatales concentran estos servicios en hospitales universitarios o centros de referencia regionales, donde el volumen garantiza talento humano mejor remunerado, escenarios de calidad para la formación de las nuevas generaciones en salud y mejores resultados para los pacientes y sus familias.

La coyuntura actual obliga a actuar con responsabilidad. Regionalizar, con enfoque en calidad, eficiencia y resultados, siempre ha sido beneficioso para los pacientes, especialmente cuando este proceso se lleva a cabo sin dar cabida a la corrupción.

@hmbaquero

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