La muerte de Isaías David Rojas Vargas, un bebé de apenas mes y medio de vida, ha despertado una profunda indignación y tristeza en el país, poniendo nuevamente sobre la mesa el debate sobre la agilidad de los traslados médicos en Colombia.
El menor, que padecía una cardiopatía congénita compleja, falleció en la de Cartagena tras una prolongada espera de casi 50 días en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), aguardando una autorización de traslado por parte de Nueva EPS, hacia un centro especializado.
Familiares y allegados del menor, desesperados por lo que consideraban una negligencia administrativa, mantuvieron bloqueos en la carretera nacional a la altura de Bosconia desde mediados de marzo. Esta presión social buscaba acelerar un proceso burocrático que, para la familia, era la diferencia entre la vida y la muerte.
Desde el punto de vista clínico, el estado de Isaías David era extremadamente crítico desde su nacimiento. Según explicó el pediatra Julio César Gulfo en una entrevista exclusiva para Noticias Caracol, el corazón del bebé presentaba una malformación estructural grave. En un corazón sano, el órgano se encarga de bombear sangre a los pulmones para oxigenarla y luego distribuirla al resto del cuerpo; sin embargo, en el caso de Isaías, las cavidades no estaban divididas correctamente. Esto provocaba que la sangre oxigenada y la no oxigenada se mezclaran, impidiendo que el organismo recibiera el oxígeno necesario para funcionar.
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Esta condición, sumada a una transposición de los vasos sanguíneos, hacía que el bebé dependiera totalmente de un mecanismo biológico llamado ductus arterioso. Este es un conducto que normalmente se cierra de forma natural apenas un bebé nace y empieza a respirar por sí mismo, pero en Isaías era vital mantenerlo abierto para permitir un mínimo flujo de oxígeno.
Para lograrlo, los médicos suministraron un medicamento especializado que mantuvo este puente artificial activo durante los 50 días de espera. El doctor Gulfo señaló que gracias a este fármaco el bebé pudo llegar con vida a la cirugía, pues de haberse cerrado el conducto antes de la intervención, el desenlace habría sido otro.
A pesar de que finalmente se logró realizar la cirugía cardiovascular pediátrica, el procedimiento fue descrito como dispendioso y de altísima dificultad debido al deterioro previo del menor. Los especialistas indicaron que, al llegar a la intervención, el bebé ya mostraba signos claros de falta de oxígeno, con una coloración azulada en su boca y extremidades.
Aunque la operación se completó según lo planeado por un cirujano experto, las complicaciones postoperatorias fueron devastadoras.
En sus últimas 24 horas, el pequeño Isaías libró una batalla angustiante, sufriendo un total de ocho paradas cardíacas. Aunque el equipo médico logró reanimarlo con éxito en las primeras siete ocasiones, la octava vez fue fatal.
El equipo médico tratante enfatizó que, si bien el retraso administrativo fue evidente, el riesgo de mortalidad era intrínsecamente alto debido a la gravedad de la patología.





















