Del oasis de buen planteamiento y buen desarrollo del juego que se vio para vencer 3-2 a Nacional en Medellín, se volvió al fútbol peleado más que jugado, centralizado más que por las bandas, individualizado más que asociativo.
En el fútbol nuestro hay campeones que van pasando raspando el calendario Todos x Todos y la semifinal, pero ganan la final en partidos épicos. Junior nos ha dado unas finales, de comer uñas y herniarnos, que han terminado en estrellas para el glorioso escudo rojiblanco.
He notado la tendencia en Farías de revolver el agua cuando está tranquila. Desde que dijo con cara feliz que “hemos trabajado duro, exigente. Por primera vez hubo hasta puños, puño normal entre hombres”. O cuando retó a José Hugo Illera justo cuando el equipo había ganado cinco partidos consecutivos y navegaba en aguas mansas.
El fútbol se ve, como lo ven los amigos en las gradas. Cada fase del partido se comenta, se compone, se desarma y se recompone. Con palabras sencillas, sin términos rebuscados o extranjerismos.
Mientras suena la canción del maestro Billo Frómeta, tocada por su orquesta Billo’s Caracas Boys y cantada por Cheo García, el año que se va es analizado a las volandas en un instante para la eternidad.