La esperanza que genera la salida de Maduro entre los venezolanos y la comunidad internacional es natural, pero no debe traducirse en ingenuidad. Si Estados Unidos va a encargarse de “administrar” Venezuela, ello debe tener como fin último la devolución plena de la democracia, y no responder exclusivamente al evidente interés económico.
Al iniciar este nuevo año tenemos que entender que no podemos construir nuestro proyecto de vida desde la creencia de que la fortaleza es no necesitar a nadie, porque ello termina volviéndose soledad, y para ser felices necesitamos establecer conexiones profundas y honestas, en las que reconozcamos la necesidad que tenemos de los demás.
Petro no es Maduro ni Colombia es Venezuela. Acá, aunque con problemas y debilidades y a pesar del propio Petro y sus intentos por socavarlas, funcionan las instituciones. No hay necesidad de una quirúrgica operación norteamericana.
Por eso la responsabilidad ahora recae en Estados Unidos. Si decidió usar la fuerza, que sea para defender esos principios. Usarla solo tiene sentido si es para que 24 millones de venezolanos vivan mejor.
Muchas empresas del Caribe aún carecen de una mínima gobernanza digital; eso eleva riesgos laborales, regulatorios y reputacionales. Las organizaciones que ordenan sus datos, formalizan procesos y diseñan protocolos de uso responsable avanzan con mayor seguridad y menor fricción en su transformación tecnológica.