La mezcla del aceite con el carbón pareciera ser un elixir de vida para ‘Keyner’. Se transforma. Las ‘morisquetas’ y los movimientos exagerados se apoderan de él y al son de un tambor se aferra a una tradición que no está dispuesto a dejar en pausa. Eso de bailar hasta el cansancio, sudar hasta más no poder y desgastar abarcas es lo que lo mueve.
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A sus cortos 13 años, este tomasino está convencido de que la danza del son de negro es lo suyo: “Cuando yo me pinto, cuando yo me cambio, siento alegría, siento emoción”, dice con aquel ímpetu que logra convencer. Y no hace falta que lo diga, su confianza al hablar lo delatan.

Para ‘Keyner’ solo bastó con ver pasar la comparsa de ‘Boryi’ –el gestor cultural que todo Santo Tomás conoce- en la Batalla de Flores para convencerse de que el baile improvisado que hacía en su casa gracias a la alcahuetería de su madre, era lo suyo, que allí pertenecía. Quedó absorto por unos cuantos segundos cuando vio los pasos agitados de los muchachos de la Fundación Artística Cultural Boryi, pero quedarse quieto no era lo suyo: “Yo me metí a bailar en el medio, a bailar con ellos”.
Tiempo después, sin dar tantas vueltas convenció a su hermano mayor para que lo llevara a un ensayo, iba con ánimos de ser un simple espectador sin saber que pronto en ese escueto salón de clases de baile daría rienda suelta a una pasión. Y así fue, solo bastó un “bienvenido” de ‘Boryi’ –ese mismo que le ha dicho a unos 2.000 jóvenes que han pasado por sus manos- para que Eduardo, a quien por alguna extraña razón lo llaman ‘Keyner’, se dejara llevar por el llamador, el alegre y la guacharaca.
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Raúl Borja Charris –el popular ‘Boryi’- vio la entereza de un carnavalero y el alma de un artista en ‘Keyner’, el binomio perfecto para que fuera parte de su academia que se abre paso en un amplio y a veces soleado patio de Santo Tomás, en el Atlántico. El piso de concreto, gris y rústico es testigo de las extensas jornadas de ensayos, del golpeteo de pies descalzos, de improvisaciones, de regaños si son necesarios y de las quejas por el calor que a veces agobia, y es que no hay ni un pedacito de techo a la vista.

Para ‘Keyner’ cuando se trata de pintarse de son de negro no hay Sol que queme ni piernas que duelan: “A él cuando le ponen el color negro parece que le pusieran como algo caliente que lo coge y enseguida lo estimula, lo motiva y lo lleva al fondo, al climax”, reconoce este gestor con las manos embadurnadas de aceite y carbón con las que había untado torso, brazos y cara a su pequeño aprendiz.
Este niño que alterna estudios y danza, habla sin pausa y con algo de apresuramiento. La cadencia de sus palabras es la misma que la de sus movimientos, fuertes y seguidos.
Solo es cuestión de segundos para que su cara rígida se transforme en muecas. Pero eso sí, necesita de su indumentaria para que se asome su boca torcida, su lengua burlona que no conoce de quietud y sus ojos que parecieran salirse de su cuenca. No parece costarle, ni siquiera necesita de ‘Boryi’ para que lo supervise.

Su endeble complexión corporal le aligera el resto de movimientos que debe hacer con brazos y pies. Son constantes, firmes, repetitivos e insistentes como su férrea convicción de que para esto nació, y esto ya lo ha demostrado, ahora hace parte de la categoría élite, la de los mayores, la de los experimentados, la de los curtidos en baile con solo 13 años. Tal vez es esa frase que se repite de “siento el carnaval en la mente” lo que lo ha llevado hasta aquí.
“Yo pienso seguir con esto de la danza hasta que Dios lo permita”, dice con machete en mano y aun pintorreteado de un negro intenso que contrasta con el colorido sombrero que reposa sobre su cabeza adornado de pedacitos de papel brillante y algo traslucido de color amarillo, azul y rojo que fingen ser flores.

Con ‘Keyner’ los tamboreros, acostumbrados al ajetreo de este ritmo con su origen en la Cartagena colonial, deben hacer una pausa porque “cuando escucho el sonido del tambor me mueve el cuerpo”, admite emocionado.
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Para el profe ‘Boryi’ personajes como este niño son tan esenciales en la preservación del Carnaval porque significan la continuidad de un proceso cultural que se ha perpetuado por años no solo en el Pulmón verde del Atlántico sino en el corazón de la fiesta: Barranquilla. “(’Keyner’) lleva una tradición desde niño; ahí es donde tenemos que trabajar para que nuestras tradiciones prevalezcan, se mantengan y que nunca se pierdan”.

Este bailarín, pero sobre todo carnavalero, la tiene clara, está convencido que esto es lo que quiere seguir haciendo por un buen tiempo. No se perfila como médico, abogado o gran empresario, lo único que aspira a ser es el próximo ‘Boryi’ al que más de 300 distinciones en 50 años respaldan su talante artístico.
Las ‘morisquetas’ no se tratan de una burla sino de expresiones faciales guerreras y aunque ya no se está en guerra, este promisorio muchachito aún guarda cosas en común con esos primeros negros: la vigorosidad de un pueblo que resistió y un entusiasmo que nos convence de que la tradición no parece tener fecha de caducidad.

















