El Heraldo
Flor Martínez es profesora de yoga, arteterapeuta y terapeuta ocupacional con más de 10 años de experiencia.
Orlando Amador Rosales
Sin photoshop

“El yoga me ha enseñado a no tener límites para servir”

Flor Martínez ha dedicado su vida a trabajar por los demás. De la mano del yoga y las artes trabaja con familias en condiciones de vulnerabilidad en el Atlántico para promover un estilo de vida sano. 

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Alejar a los niños de la violencia y las drogas es lo que motiva a Flor Martínez a trabajar con comunidades vulnerables. Lo hace desde que tiene 16 años.

Está misión la está consolidando con el proyecto Yogarte, en el que combina la terapia ocupacional, la arteterapia y la enseñanza del yoga.  En él ha acogido, sobre todo, a menores de edad de escasos recursos, que junto a sus padres, aprenden, desde el arte y el yoga, sobre el cuidado del medio ambiente, el respeto, los valores, educación sexual y cuidado del cuerpo, entre otros. 

Flor la define como una “escuela integral” en la que trabaja de “forma preventiva”. Resalta que cuenta con el apoyo de un grupo de voluntarios que brindan acompañamiento en sus talleres con las comunidades. En estas actividades se trabaja de manera muy didáctica, explica.

“También hemos tenido colaboración de bailarines, actores de teatro, personas del Planetario y la Nasa  que han venido a hacer actividades para los niños y niñas. La idea es que sea una escuela en la que puedan aprender de todo un poco y vean oportunidades de estudio y ocupación distintas a las que normalmente tienen”. 

La idea de Flor es que todos, tanto niños como adultos que asisten a los talleres, puedan transmitir lo que aprenden y que esos conocimientos no se queden en el ecocentro, sino que el mensaje y esa filosofía de vida, como lo es prevenir la violencia y tener una vida digna, se replique primero en sus hogares y luego se expanda en los territorios que habitan. 

Sus talleres los dicta en su ecocentro bautizado como La montaña sagrada. Es una casa blanca ubicada en la cima de una montaña en el corregimiento de Guaimaral, del municipio de Galapa. Flor, que creció en el campo rodeada de la naturaleza, explica que desde siempre ha tenido una “conexión” espiritual con la madre tierra. Por eso, a través de su trabajo busca devolverle todo lo que a diario le da. Por ejemplo, los alimentos que consumen vienen de los cultivos que ella misma tiene en su hogar como el ñame, el maíz y la yuca, entre otros. 

Con su trabajo en el campo busca preservar los saberes ancestrales de los indígenas que habitan la zona y ayudar a todo aquel que necesite sanar física y espiritualmente de la mano de la naturaleza. 

 

Sus inicios en el yoga
Para Flor es indispensable la conexión con la naturaleza al momento de realizar sus talleres o clases personalizadas. Orlando Amador Rosales

La vida de Flor ha girado alrededor del yoga, incluso desde antes de nacer. Su mamá, Lizeth Rojas, asistía a clases de esta disciplina durante su embarazo y tiempo después ella empezó a practicarlo por gusto, hasta que lo convirtió en su estilo de vida. A los 16 años decidió formalizarlo, pues quería “aprender a enseñarlo” y a su vez “servir” al que lo necesite.

Flor creció en una familia que se dedicaba al servicio social. Su mamá alfabetizaba a los campesinos del municipio de Galapa, su tierra natal, y ella la acompañaba. Tiempo después, a medida que iba creciendo, también hizo obras sociales que fortalecieron su amor a servir. Por eso, decidida a seguir por ese camino, juntó sus dos pasiones para ponerlas en práctica con el yoga y, a partir de ahí, ayudar a los demás. 

“Eso cambió el curso de mi vida”, recuerda Flor, pues a sus 16 años se arriesgó por su vocación y se mudó a Buenos Aires (Argentina) a profundizar sus conocimientos en el yoga. Allí estudió en un templo y se certificó como profesora de yoga. Tiempo después se mudó a Chile y fue en ese país en el que obtuvo su título como arteterapeuta. Estos conocimientos le permiten enseñar todo sobre el “yoga integral”. 

“En esa práctica aprendí que el yoga no se vive dentro del tapete sino fuera de él. O sea, en la manera en la que tratas a las personas o eres capaz de equivocarte y pedir perdón, también en la forma en la que eres capaz de amar universalmente por sobre todas las cosas”.

Flor entendió que, más allá de las posturas y la flexibilización del cuerpo, a través del yoga integral se busca “flexibilizar la mente, el espíritu y el corazón”. 

A su regreso a Barranquilla, con 18 años, comenzó a estudiar Terapia ocupacional. Para ella, esta profesión fue “un puente perfecto” para combinar sus conocimientos en el área de la salud con la arteterapia y el yoga integral. Esas disciplinas, comenta, le han permitido llegar a espacios en los que quizá como profesora de yoga no hubiese podido. 

En sus 12 años de  trayectoria se ha encontrado con todo tipo de pacientes, que, en su mayoría, llegan a ella cuando están a punto de colapsar emocionalmente. Según Flor, atenderlos resulta “maravilloso” porque “a veces con una sola clase” pueden “ver resultados palpables” en los que salen “transformados y llenos de felicidad”.

“Tengo personas con obesidad, ataques de pánico, depresión e incluso en condición de discapacidad. He llegado a empresas a practicar yoga con personas en silla de ruedas y niños con parálisis. El yoga me ha enseñado, junto con la terapia ocupacional y la arteterapia, a no tener límites para servir”.

Fue gracias a la motivación de una de sus estudiantes que Flor se animó a crear un perfil para mostrar su trabajo en las redes sociales. Ella, que todo el tiempo vivió en zona rural, no sentía que necesitaba del internet para desarrollar sus talentos. Sin embargo, se animó a crear una cuenta en Instagram y así nació @magicflowyoga, cuyo nombre surgió de “poder hacer de lo cotidiano algo mágico y luego hacerlo fluir ante la vida”. 

“Yo siento que en mi vida todo ha fluido porque tengo una misión clara. Magic Flow Yoga es un juego de palabras que ahora subyace un movimiento en el que abordo el yoga desde una integralidad, porque ya no es solo el tapete, la postura y flexibilidad, sino cómo lo llevo a mi vida, por ejemplo, con una vestimenta, alimentación o prácticas distintas dirigidas al buen trato y la buena convivencia”. 

Actualmente se dedica a generar contenido para sus redes sociales y dictar clases personalizadas y grupales en su ecocentro.  Con la pandemia se volcó a la virtualidad y  espera seguir abarcando estos espacios con sus talleres en los que busca “empoderar el cuerpo físico y mental a través de la danza” y otras actividades relacionadas al yoga y las artes.

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