El Dominical | El llamado a la intemperie de Margaret Randall

Además de abrirnos a la obra de la poeta y activista estadounidense Margaret Randall, este ensayo indaga en el problema de escribir sobre lo leído.

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Además de abrirnos a la obra de la poeta y activista estadounidense Margaret Randall, este ensayo indaga en el problema de escribir sobre lo leído.

Por A. Juliana Enciso

Hace unos días en mi clase de literatura, hablaba con mis estudiantes sobre Li-Po. Cómo leerlo aún de casi 1300 años después de su muerte era una experiencia que nos dejaba con el silencio tumultuoso de los grandes poetas. En medio de la conversación, uno de ellos me preguntó cuál era mi definición de un gran poeta. Cuáles eran las características con las que yo describía un buen poema. Mi respuesta giró en torno a un poeta argentino, profundamente influenciado por los poetas chinos clásicos, al que quiero mucho que es Juan L. Ortiz y su idea de la intemperie como la característica de un buen poema. El poema que nos arroja al afuera de la vida. La lectura y escritura de la poesía como una experiencia en la cual nos exponemos al silencio, a la pausa, a la posibilidad de contemplar de manera atenta el afuera, pero sobre todo aquello no dicho o silenciado en las grietas de la realidad social, familiar, política y emocional en la que nos ha correspondido vivir. 

Al día siguiente, Federico Díaz Granados me envió el archivo de la antología de Margaret Randall Espejos cortados a la medida, seleccionada, traducida y prologada por Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez, cuya cuidadosa compilación recoge el trabajo de esta magistral poeta desde 1985 hasta hoy. Comencé a leerla ese mismo día y fascinada, no pude despegarme de su libro hasta hace muy pocas horas antes de hacer la presentación de su libro. Con la lectura de cada de uno de sus poemas sentí el estremecimiento de haber encontrado una poeta mayor, no sólo por su impresionante currículo de más de seis décadas de oficio poético, sino por el ímpetu de su escritura tejida con un lenguaje sensitivo, vivo, visceral cuyo don es el arrojar al lector fuera de la comodidad de las verdades conocidas para aterrizar en la intemperie de los eventos que dan forma a las zonas esenciales de la existencia íntima y pública. Cuando Randall nombra —en la mesa, en la oscuridad del recuerdo familiar omitido de la violación, frente a la foto, en el seco paisaje de Nuevo México, en el lento escenario tropical de las luchas políticas e igualitarias— los órdenes del mundo burgués, planificado, utilitarista, patriarcal, heteronormativo y conformista donde vivimos y nos quejamos diariamente parecen derrumbarse.

Estos poemas son lugares donde aquellas palabras incomodas por su honestidad nos llaman a escuchar las voces de todos aquellos silenciados en la escritura de la la Historia con H mayúscula, la Política o la Familia. La escritura sincera de Margaret es un recordatorio de la atrocidad de los actos de fundación de estas instituciones sociales que ha sobrevivido gracias al silencio de sus víctimas: mujeres, niñas, homosexuales, enfermos de sida, lesbianas, emigrantes, disidentes, minorías políticas o raciales y viejos. Su poesía, como todo aquello que trae a la luz lo relevante en la vida de una persona o de una comunidad, trae a la superficie las imágenes omitidas donde se forman las pasiones afectivas y políticas que nos definen como personas. La belleza en Randall no proviene de lo apacible, proviene de la revelación que trae la honestidad de su escritura.   

Está antología es un tejido palpitante de ancestras provenientes de distintas partes del mundo. Cada una de las mujeres que aparecen en sus poemas, empezando por la misma Margaret, son las hebras de un linaje de guerreras dispuestas a mirar de frente al viento para cambiar el mundo ya sea desde San Juan, San Salvador, La Habana, Nueva York, Hanói o la Toscana Italiana. Nuestro parentesco, aunque no compartamos apellido, se define por la resonancia del llamado de estas mujeres de tiempos y lugares distantes a encender el fuego de nuestras convicciones y nombrarlas para que los otros que están a nuestro lado puedan ver la combustión de nuestras pasiones. La luz de la quema de las celdas donde nos piden que guardemos silencio mientras otros deciden y hablan por nosotras: el cuerpo, la plaza pública, el paisaje del campo abierto, el comedor dominado por el patriarca, la calle y la habitación.

Haber leído su poesía es un aliciente para la esperanza. La intemperie de la obra de Randall es un estado más que necesario para lectoras que sentimos que hemos perdido la vida en la rigidez de la mediocridad de la obligatoriedad. Leerla fue una invitación a recuperar el coraje necesario para estar viva afuera de las convenciones y los horarios. La experiencia de ser iluminada por la belleza del compromiso de su lucha política y vital con los silenciados, los marginados y con consigo misma a lo largo de casi cuatro décadas.

Desde el momento que abrí su libro, enfrentarme a su trabajo fue un reto para la crítica literaria y un momento muy feliz para lectora de poesía y la poeta que habitan en mí. Por un lado, comprendía el reto de presentar el trabajo de una de las creadoras más importantes de la literatura norteamericana y de frontera del siglo XX y XXI. No es coincidencia que su nombre aparezca con frecuencia al lado de poetas como Adrienne Ritch, Audre Lorde, Gloria Anzaldúa, Alice Walker, Cristina Peri Rossi, Joy Harjo, Diana Bellesi y Sandra Cisneros, referentes de la gran poesía revolucionaria, nómada, feminista de nuestra época. Frente a semejante reto pensé que debía hacer uso de un instrumento teórico acorde a la actualidad, la relevancia y la lucidez de su trabajo en el panorama Americano. Por el otro, al pasar cada página, la libertad, pero sobre todo la afilada belleza de sus reflexiones, me terminaron seduciendo como lectora al punto de haber decidido horas antes de tomar el vuelo a Bogotá, hablar de su obra de la misma manera en la que vivo en el Caribe: expuesta y siempre atenta a los reportes de la brisa, al brillo incandescente de los mangos verdes y al llamado constante del sudor en los labios a estar en el presente. Al final creo que es evidente cuál de los dos lugares de enunciación elegí para hacer la presentación de este libro. Las categorías académicas en obras como las de Margaret Randall pueden fungir de rígidas y limitadas para transmitir la experiencia de exploración de sus poemas dirigidos por los sentidos. Un instrumento demasiado racional es limitado para relatar el gusto de sus poemas recetas, a veces venenosos como el sabor de una mujer macerada a golpes, otras veces muy dulces como la compañía de los viejos amigos o los amados. Un instrumento muy crítico no podría explicar cómo al leerla se siente el guante compartido en la protesta con el policía y las compañeras de protesta, el olor de los manjares servidos para escribir a los amigos, lo que en las cárceles, las casas u hospitales susurran a los poemas de Randall para que los silenciados puedan hablar desde la boca de sus poemas o las instrucciones de cómo morir, escritas para su esposa, bajo el cielo de Nuevo México.

Puedo decir que luego de leer Espejos cortados a la medida sus lectores no quedamos siendo los mismos. Después de haber sido arrojados a la intemperie, expulsados de la comodidad de las verdades dichas a medias, nadie, nada, vuelve a ser igual. La conformidad se hace una condición insoportable cuando poetas como ella nos muestran las palabras que viven más allá de la frontera de la cotidianidad silente y mínima. Déjense arrojar por la fuerza estos poemas, léanla y sientan como yo el estremecimiento de despertar con nuevas palabras, con una mirada honesta para vivir y ver el aquí y el ahora en este momento, en esta ventana de la historia.

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