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Editorial

El Editorial | Boquete abierto

Habitantes del sur del Atlántico lloran cada vez que recuerdan la fatídica tarde del 30 de noviembre de 2010, día de la ruptura del Canal del Dique que también fracturó sus vidas para siempre.

Miente quien hoy diga que el boquete tras la ruptura del Canal del Dique, el 30 de noviembre de 2010, se encuentra cerrado. Puede que las obras, en las que se invirtieron más de $7 mil 500 millones, lograran el objetivo de taponar el agujero de 240 metros de ancho por el que entraba rabioso el caudal del río Magdalena, pero la herida abierta en el corazón de las más de 120 mil personas damnificadas, en el sur del Atlántico, permanece abierta por la desolación de perderlo todo en un instante, y de saberse, una década después con las manos vacías y las ilusiones rotas por la falta de oportunidades que, luego de la tragedia, les han sido esquivas.

Tras el rompimiento del terraplén sobre la margen derecha del Canal del Dique, a tres kilómetros de su división del río Magdalena, dos mil millones de metros cúbicos de agua, una cantidad equivalente a llenar 800 mil piscinas olímpicas, ingresaron a los municipios de Suan, Santa Lucía, Manatí, Campo de la Cruz, Repelón, Candelaria y Luruaco arrasando lo que encontraban a su paso como si se tratara de la reedición moderna del Diluvio Universal, pero sin lluvia. En su desbocada carrera, las aguas no dejaban piedra sobre piedra, destruían casas -cerca de 4,700 solo en Campo de la Cruz-, inundaban centros de salud y colegios, ahogaban animales y anegaban cultivos.

La catástrofe de magnitudes apocalípticas obligó a los habitantes de las zonas urbanas y rurales del cono sur del Atlántico a salir corriendo para salvar sus vidas, mientras el agua aumentaba su nivel hasta alcanzar los techos de las viviendas. En un abrir y cerrar de ojos, el esfuerzo de años de lucha y sacrificio quedó bajo las aguas, sumergido por el ímpetu del ‘monstruo marrón’ que lo cubrió todo. Con el alma arrugada de tanto llorar, miles de afectados se refugiaron en la carretera Oriental, único sitio que permanecía seco en la zona de desastre. Allí vivieron durante cerca de 4 meses afrontando los rigores de la tragedia, padeciendo necesidades y suplicando por ayuda a quienes encontraban en su trasegar diario. Un común denominador enlaza los testimonios de los afectados, un mismo elemento en todas las narraciones, un recuerdo compartido: el hambre, la carencia absoluta de lo más básico por la extrema pobreza que los asolaba. Hasta los animales se devoraban unos a otros.

Diez años después del desastre, el balance oficial habla de dos personas fallecidas, 600 mil aves y 115 mil bovinos muertos, un número indeterminado de animales extraviados, 11 mil viviendas e infraestructuras destruidas y averiadas y más de 35 mil hectáreas de cultivos -sustento de miles de familias campesinas del departamento- inservibles. En total, las pérdidas superaron los $500 mil millones, pero ni antes ni ahora ni nunca habrá cómo estimar el vacío que la tragedia instaló en el alma de estos atlanticenses que continúan llorando como niños cada vez que recuerdan la fatídica tarde de la ruptura del Canal del Dique, que también fracturó sus vidas para siempre.

¿Por qué ninguna autoridad del orden local, departamental o nacional vio venir lo que a juicio de algunos moradores de la zona parecía inminente y si se enteraron, porque no reaccionaron a tiempo? El Río crecía día tras día, resultado de un invierno intenso y un fenómeno de La Niña exacerbado que no daba tregua ni en los últimos días del año. Se temía una inundación, pero lo que ocurrió fue lo más parecido al fin del mundo para estas personas.

No hubo obra de protección que resistiera la presión sostenida del río Magdalena, que durante 7 meses, alcanzó con un nivel muy por encima de la cota de desbordamiento. Se pecó por exceso de confianza y profundo desconocimiento. Aparentemente nadie sabía sobre la red de mangueras no autorizada que finqueros ‘sepultaron’ debajo del terraplén para llevar agua a sus predios. Las tuberías, producto de las malas prácticas de captación de agua, aceleraron la socavación interna de la vía, lo que precipitó la ruptura.

Una tragedia advertida, que demasiados subestimaron, como tantas otras que ocurren en un país donde al final nadie responde ni asume, la prevención es puro cuento y el hombre, irracionalmente, persiste en cambiar el curso natural de los cuerpos de agua. El Canal del Dique se rompió en 1984, en 2010, y hoy sigue rugiendo para enorme desazón de los moradores del sur del Atlántico, donde la fe sostiene, pero se requiere que la institucionalidad arrope con inmensa generosidad la historia de cada uno de estos sobrevivientes para los que el tiempo del progreso se detuvo hace 10 años.

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