Durante décadas se ha repetido una idea casi incuestionable: Ecopetrol es la empresa más importante de Colombia. No solo por su tamaño, sino por su capacidad de generar ingresos para el país gracias a su negocio principal: el petróleo. De ahí que muchos la hayan llamado la “joya de la corona”, o, en términos más coloquiales, “la vaca lechera” que siempre responde cuando el Estado necesita recursos. Esa narrativa, sin embargo, parece haberse detenido en el tiempo. Si se hace un corte hasta 2022, el balance resulta incluso favorable: ese año, la compañía alcanzó utilidades históricas por $33,4 billones, las más altas jamás registradas. Pero lo que vino después —2023, 2024 y 2025— dibuja un panorama completamente distinto.

Más que una simple desaceleración, lo que ha experimentado la estatal petrolera es un deterioro sostenido. La caída continua de sus utilidades es solo una parte del problema. La otra, quizás más estructural, tiene que ver con decisiones estratégicas que han reducido la capacidad de la empresa para sostener su modelo de negocio. En el centro del debate están las políticas impulsadas durante el gobierno de Gustavo Petro: el rechazo al fracking, la no firma de nuevos contratos de exploración y explotación de hidrocarburos y el giro hacia energías limpias. Si bien esta transición responde a una visión de largo plazo, su implementación ha generado dudas sobre la sostenibilidad financiera de la compañía en el corto y mediano plazo.

A esto se suma un frente aún más delicado: el reputacional. La permanencia de Ricardo Roa en la presidencia de Ecopetrol ha estado rodeada de cuestionamientos por investigaciones relacionadas con presuntas irregularidades en la compra de un apartamento de lujo, posibles casos de tráfico de influencias y su papel como gerente de campaña del actual presidente, en medio de señalamientos por supuestos excesos en los topes de financiación.

El impacto de este contexto no es menor. Se refleja en la percepción de los inversionistas, en el comportamiento de la acción en la Bolsa de Nueva York, la Bolsa de Valores de Colombia, y en la creciente incertidumbre entre sus accionistas. De ahí surge una pregunta inevitable: ¿por qué insistir en mantener a este directivo al frente de la empresa más importante del país?

Las cifras recientes alimentan la preocupación. Solo el año pasado, la utilidad neta cayó un 39,5 %, un dato que no puede explicarse únicamente por la volatilidad del mercado internacional. Más bien sugiere problemas internos, especialmente en lo que respecta al rumbo estratégico y al gobierno corporativo.

Resulta, por ejemplo, difícil de entender la desvalorización del negocio de fracking en la Cuenca del Permian, en Texas, una operación que, en 2025, representó cerca del 14 % de la producción total de la compañía y que, según varios análisis, fue clave para sostener sus resultados.

A esto se suman alertas operativas, como los problemas recurrentes en Reficar, que han puesto en riesgo la estabilidad en la producción de combustibles, un hecho que no se había registrado en gobiernos anteriores. Incluso al interior del sector energético, las tensiones son evidentes. La Unión Sindical Obrera (USO) ha manifestado su oposición a la continuidad de Roa y ha advertido sobre posibles movilizaciones, marcando una fractura inusual entre el Gobierno y uno de los actores históricos de la industria. Pese a este panorama, el respaldo del presidente Gustavo Petro y de sectores de la junta directiva ha sido firme. Esto ha llevado a que la permanencia de Roa se perciba como inamovible, mientras los resultados financieros se deterioran y la estrategia de la empresa cambia de manera profunda.

Distintos expertos —entre ellos exministros de Minas, líderes gremiales y analistas del sector— coinciden en un punto: el problema no es solo coyuntural, sino estructural. Señalan que la compañía está perdiendo foco frente a su esencia productiva, limitando su capacidad de crecimiento y adaptación.

Hoy, más que una discusión ideológica, lo que está en juego es la viabilidad de Ecopetrol como motor económico del país. Y la sensación que empieza a instalarse es inquietante: que a la que fue la “joya de la corona” la están debilitando, poco a poco, sin que nadie logre revertir el rumbo.