El metaverso llegó para quedarse, pero no como un simple intento de Facebook por librarse de una marca contaminada por filtraciones y mala reputación, sino como una nueva forma de concebir internet que se sale de los mundos más pintorescos soñados por un Julio Verne, o los mismos creadores del universo Matrix.
Hay que ver más allá del escándalo y dimensionar lo que puede significar para el ser humano verse representado en un avatar u holograma, en lo que los mismos creadores describen como un espacio tridimensional al que se puede acceder de varias formas. Esto se traduce en que tendremos interacciones con otras personas que no se encuentren en el mismo espacio físico, y podremos “salir” a comer un helado, por ejemplo, con ese amigo que se encuentra en un país lejano y no vemos hace algunos años, en cualquier lugar que seleccionemos dentro del espacio virtual. ¡Toda una revolución en materia de tecnología! Es verdaderamente ir unos pasos más allá y dejar atrás otros intentos de materializar mundos virtuales, como fue el caso del videojuego Second Life, entre otros.
Además, si bien el anuncio llegó esta semana, los avances para su materialización se han venido gestando desde hace meses, incluso con versiones experimentales del metaverso que se lanzaron en 2020: una conocida como Horizon World, que permite a amigos reunirse virtualmente, y otra denominada Horizon Workrooms, desarrollada para realizar reuniones de trabajo en la virtualidad.
De manera paralela, los aparatos que permiten acceder a ese espacio, como los cascos de realidad virtual Oculos, o los auriculares de alta gama llamados Proyecto Cambria, ya se han venido fabricando.
Sin embargo, aunque el mismo Mark Zuckerberg aclaró que el desarrollo completo del metaverso –del que deriva su nuevo nombre Meta– podría tardar entre 10 y 15 años más, lo cierto es que nos pisa los talones y por ende los gobiernos deben desde ya darse a la tarea de comprender de qué se trata para buscar su correcta y necesaria regulación, dada la compleja experiencia que ya se ha tenido con Facebook y las demás redes sociales, todas inicialmente incrustadas en un limbo legal que ha permitido la vulneración de los derechos de millones de usuarios.
Sumado a lo anterior, una de las tantas preguntas que surgen es cómo este escenario va a modificar el relacionamiento físico que como seres sociales requerimos. ¿Cómo se verán afectadas las dinámicas en torno a las futuras generaciones por un espacio donde no requerimos dar un abrazo, un beso, o meramente extender la mano para dar un cordial saludo?
Por último, pero no menos importante, se encuentra el tema de la seguridad de la información. ¿Cómo se lograrán resguardar los datos personales de los usuarios en este nuevo espacio, dado que las experiencias previas han minado ya la confianza? Sobran preguntas y abunda la incertidumbre.








