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Desde este jueves las salas de cine se convierten en una experiencia de fe y rebeldía en clave de musical. El testimonio de Ann Lee, dirigida por Mona Fastvold y escrita junto a Brady Corbet, la película se adentra en la vida de Ann Lee, una de las figuras religiosas más singulares del siglo XVIII y fundadora del movimiento Shaker. Lo hace desde una apuesta que evita el biopic convencional y opta por un relato dividido en tres momentos: la infancia en Manchester, el viaje a América y la construcción de su comunidad utópica hasta su muerte en 1784.

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Fastvold no esconde el origen de su fascinación. “No sabía mucho sobre los Shakers más allá de sus muebles”. El descubrimiento de un archivo de himnos antiguos cambió el rumbo. “Me encontré con una canción llamada ‘Pretty Mother’s Home’ y eso me llevó directamente a Ann Lee”. A partir de ahí, lo que encontró fue una figura casi borrada por la historia: “Me sorprendió que nadie hubiera contado la historia de esta líder religiosa feminista tan salvaje”.

En el centro de todo está Amanda Seyfried, quien asume el reto de encarnar a Lee desde lo físico y lo emocional. “El mundo no sabe lo increíble que fue Ann Lee”.

Su aproximación no parte de la fe, sino de la curiosidad. “Yo tampoco sabía nada sobre ella antes de hablar con Mona”. Esa distancia inicial se convierte en motor. “Lo que parecía grandioso empezó a tener sentido. A veces necesitamos reglas para sentirnos seguros”.

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La preparación no fue menor. Seyfried trabajó durante meses en el acento mancuniano del siglo XVIII y en un registro corporal exigente que incluye canto y movimiento. “No estaba segura de poder habitar ese mundo, pero eso es precisamente una buena razón para hacerlo”, admite. La directora confirma ese nivel de compromiso: “Desde el primer momento, Amanda tuvo una conexión intensa con el personaje. No le tenía miedo a ir más allá de lo que estaba escrito”.

Ese “ir más allá” se traduce en uno de los elementos más llamativos de la película: su estructura musical. No se trata de un musical en el sentido clásico, pero la música y la danza son parte esencial del relato. Los Shakers rezaban a través del movimiento, y Fastvold decide respetar esa lógica. “Quería combinar música y cuerpo porque la historia lo pedía”, explica.

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