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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

Navidad de tía Josefa

¿Qué es el tiempo?, me pregunto cada vez que llega  diciembre. Los árboles y luces de Navidad tratan de fijarnos a estaciones festivas que se diluyen en un universo que fluye sin reposo y donde el parentesco, los lazos afectivos y la propia vida son hoy bienes frágiles y transitorios.  

Es en estos días de fin de año suelo acordarme de mi tía Josefa Iguarán. La evoco en una ventana de su antigua casa del centro de Riohacha, por cuyo frente, ella nos decía, pasaba regularmente en altas horas de la noche un carruaje negro conducido por un cochero distinguido que no tenía cabeza. En verdad nunca lo vimos, pero este sugestivo toque de queda infantil funcionó hasta la adolescencia que corroe   incluso la más aterradora creencia. En mi tía, como en gran parte de América, confluían dos tradiciones culturales: la hispánica y la indígena. Su casa estaba llena de objetos antiguos que marcaron la memoria de nuestra infancia. Los altos escaparates de madera y mármol,  un pirata plateado, cruces, palmas e imágenes que nos seducían e intimidaban. Ella los desempolvaba para marcar el tiempo: la Semana Santa, el Día de los Muertos, la Navidad y los eventos rituales indígenas.

La infancia de mi tía transcurrió entre el territorio ancestral de su familia indígena en Carrizal y la de su padre en Riohacha. La identidad, sin embargo, se decide en la trinchera. Así cuando ella fue durante su juventud a estudiar enfermería en la Caracas de los años cuarenta del siglo pasado sus compañeras le llamaron chinita, lo que le permitió encontrar y reafirmar su condición indígena. Desde entonces llevó con orgullo su manta, sus collares de oro, corales y piedras rojizas, y custodiaba con celo los amuletos o lanias de la familia. Siempre me unió a ella una tácita complicidad. Cuando niño yo la acompañaba en algunas de sus viajes a la Alta Guajira y los wayuu le preguntaban al verme apegado a su manta: ¿es tu hijo? A lo cual les respondía de forma afirmativa. ¿Salió de tu vientre?, insistían ellos. No, salió del vientre de mi hermana, ella les aclaraba sutilmente en su lengua milenaria y solemne.        

Cuando llegaba la Navidad, tía adornaba su mesa con los productos que el capitán Harry Tromp y la Sra. Rosa Gómez traían de las islas de los gigantes: queso holandés, vinos, galletas, uvas, mantequillas de maní, ponche y dulces ultramarinos. Mi tía permanecía sentada en su silla frente al comedor adornado porque la Navidad para ella no se centraba en las fiestas ni en las luces ni en las multitudes que abarrotan un centro comercial, sino en un estado interior del alma, una especie de acontecimiento íntimo que marcaba el transcurrir de las vidas

¿Qué es el tiempo? En el pensamiento occidental se trata de aprehenderlo encerrándolo en paréntesis y en números. Tony Swaim nos dice que el tiempo es la ocurrencia de eventos rítmicos. Los ritmos de la vida indígena carecen de numeración. Las navidades, por tanto, son eventos, seres y lugares. 

wilderguerra©gmail.com

Imagen de jesika.millano
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