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Opinión

Nueva forma de morir

Tengo 70 años. No le temo a la muerte. Le temo, sí, a los dolores y sufrimientos que suelen antecederle. Ella solía ser breve ejecutando su tarea. La medicina moderna, por fortuna, se le atraviesa a algunas de sus lances iniciales y logra reparar o remplazar órganos y prevenir o curar numerosas enfermedades, lo que permite a muchos extender el disfrute de la vida. Pero nada es gratis. También nos arroja en brazos de nuevas enfermedades, que han reclamado una torreja de la torta de las maneras de morir. Ahí espera a no pocos la pérdida de la memoria, de la autosuficiencia física, del control de esfínteres, nuevas indignidades ante las cuales cualquier forma de muerte asistida puede resultar para algunos más compasiva que la prolongación de la vida. Pero el paciente, en todo su derecho, la familia o las leyes suelen resistirse a abrirle la puerta a Ella. Eso nos condujo a la medicina sin esperanza. La de los médicos y paramédicos que no tendrán ilusión comparable a la de volver a ver el niño jugando fútbol o al padre entrar a su hija a la iglesia. La vocación de estos especialistas es más admirable aún que la de aquellos que mantenían el secreto anhelo de unas gratificaciones que no tienen precio. 

Nos sorprende ahora una app mortal, el coronavirus, con su forma de matar de altísimo impacto potencial. En el mundo mueren unos 58 millones de personas al año. Al momento de escribir esto el total de víctimas mortales del COVID-19 se acerca a las 10 mil. Si se multiplicaran por 100 en el resto del año llegarían a un millón. La cifra asusta, pero más lo hace su angustiosa asfixia mortal. Nos duele que todas sus muertes sean adicionales a las de un umbral imaginario, que no tenía por qué ser así, que fuimos emboscados, por nuestra culpa, sin camas, respiradores, exámenes y mascarillas suficientes y hasta sin la educación y solidaridad necesarias. 

Los médicos pasaron al frente de batalla. Los científicos a la retaguardia. Son los nuevos soldados, los nuevos héroes. Combaten un enemigo invisible e implacable. Haber recurrido a la parálisis de toda actividad laboral y social para controlarlo es surrealista. Todos los sobrevivientes recordarán estos días, por insólitos además de aciagos y porque cambiarán el mundo para siempre. En Colombia nos han presentado la reclusión forzosa a los mayores de 70 años como una protección a los abuelitos. Eso no es tan cierto ni tan tierno. Si los mayores se enferman tienen más probabilidad de agravarse y de requerir camas de UCI y respiradores, al escasear éstos los viejos estarían compitiendo por la supervivencia con los jóvenes. Son aquéllos, con su detención domiciliaria, quienes estarán protegiendo a hijos y nietos.

Todos tenemos una propia pareja en la danza del garabato de la vida. Ella tiene una guadaña nueva, tratará de estrenarla. Siempre ignoramos qué paso sigue. Deseo a mis lectores que, como en el carnaval, este sea el único sitio del mundo donde la vida le gana a la muerte.

rsilver2@aol.com

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