Acaba de comenzar el 2026. Es momento propicio para detenerse a pensar en los propósitos o deseos por los que se apostarán en el nuevo año para intentar ser mejores personas. Muchos aspirarán a obtener fortuna o reconocimiento como una manera de dar respuesta al consumismo desenfrenado de nuestra época. ¿Por qué no considerar algo más profundo, como valores que edifiquen luz, paz, alegría colectiva en el corazón de los seres humanos?
Esta es una propuesta a evaluar. En las últimas semanas, la intolerancia social asociada al consumo de alcohol segó vidas en Atlántico. Fueron hechos aislados que dejaron, al menos, tres víctimas fatales en Barranquilla y Luruaco, en tanto ratificaron un patrón que, aunque no es nuevo, no deja de ser bastante preocupante. En fechas especiales —como advierten las autoridades— las discusiones, riñas o agresiones, incluso entre familia, se disparan, en especial cuando el licor corre sin freno y la violencia acaba imponiéndose como una salida torpe y desesperada a disputas personales. En algunos casos, enquistadas de tiempo atrás.
Desafortunadamente, no se trata solo de tragedias puntuales. Datos del proyecto Reloj de la Criminalidad, elaborado por la Corporación Excelencia en la Justicia (CEJ), dan cuenta de casi 66 mil agresiones físicas en Colombia durante los primeros nueve meses de 2025. O lo que es lo mismo, 242 agresiones físicas diarias, una cada seis minutos. Buena parte de ellas son consecuencia de actos de intolerancia, producto de conflictos cotidianos que escalan hasta la irracionalidad y que, de acuerdo con testigos e implicados, podrían haberse evitado.
Detrás de esas situaciones, que no son exclusivas de Colombia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ofrece una lectura precisa a valorar: ninguna otra sustancia psicoactiva como el alcohol contribuye tanto a la ocurrencia de casos de lesiones intencionales y no intencionales, presentes en siniestros viales, caídas, intoxicaciones, violencia interpersonal o comportamientos que dañan profundamente a quien los padece y a quienes le rodean. Impacto especialmente grave entre los jóvenes y menores, más vulnerables a decisiones impulsivas y a entornos donde se asume como si fuera normal la ingesta desmedida de licor.
En definitiva, la pregunta que hoy nos debemos formular no es si conocemos el origen del problema, sino qué estamos haciendo para enfrentarlo. Las autoridades pueden suspender expendios de licor, reforzar controles y vigilar el espacio público, pero estas medidas solo funcionan si la sociedad asume su responsabilidad colectiva para evitar caer en dinámicas de intolerancia. Nada justifica que una celebración termine convertida en caos; ninguna discusión vale una vida; ningún impulso pasajero debe pesar más que la dignidad humana.
Reducir estas violencias exige algo más de fondo que operativos en las calles. Se requiere de educación emocional en colegios, universidades y, en particular, hogares para aprender a gestionar tensiones familiares, fricciones entre conocidos o altercados en general. Al igual que evaluar restricciones en la venta de alcohol, fijar límites en su consumo y promover espacios seguros de ocio que no giren alrededor del trago. Al final, establecer una cultura responsable que priorice el respeto por la vida demanda que cada persona comprenda o sea consciente del efecto que su ejemplo tiene sobre las nuevas generaciones. Cuando una sociedad decide normalizar los excesos, a futuro le resultará muy difícil pedir moderación.
Barranquilla sabe transformar retos en oportunidades. Esta vez el desafío es íntimo, urgente y posible si somos capaces de anteponer la empatía por encima de la altanería, la palabra antes que el golpe y la vida, la propia y la de los demás, en particular la de nuestros seres queridos, por encima de cualquier festejo. Que lo sucedido en estos lamentables casos sirva de recordatorio y compromiso común: tengamos presente que una celebración, cualquiera que sea, no tendrá valor alguno si –al final– nos arrebata lo que jamás podremos recuperar.
Solo la moderación, el respeto y el cuidado mutuo evitarán que momentos pensados para unirnos, como las celebraciones familiares, bazares o los encuentros entre vecinos y amigos, terminen marcados por el dolor. Lo demás es repetir un ciclo que ya nos ha costado mucho.







