El Heraldo
Opinión

Playa Blanca

 Esos que piensan que la felicidad solo se consigue en las aulas universitarias y se alejan tanto de las emociones productivas, que se les olvida lo efímeros que son los momentos que deberían perdurar en el tiempo.

Estas casas apiladas siguen la vía veredal que el invierno empantana. Son sesenta, y albergan a igual número de familias de cuyos miembros ninguno conoce el mar, a pesar de que su nombre insinúa lo contrario. Incrustada en la Córdoba profunda de la pobreza, la alegría de Playa Blanca asoma cuando vence en la contienda el gallo del patio de unos de los vecinos o cuando libran el chance, ese sorteo parroquial que se compra los sábados en la mañana, después de recibir la paga.

Miladis escapó de allí hace 20 años, cuando solo contaba 12. Le dejó un papelito arrugado a su hermana mayor, y en una mochila remendada metió su equipaje de viaje. Los rumores la ubicaron en Cartagena y en Armenia, adonde la habría llevado un capo de la guerrilla que la protegía, pero al que ya mataron. Lo cierto es que Playa Banca y su familia se olvidaron de ella. No sus padres, que envejecían presintiendo que estaba viva, por ese instinto de supervivencia precoz demostrado desde la infancia.

Un fin de semana de mayo, cuando la vereda celebraba el festivo del Santo Patrón y los árboles de polvillo se adornaban de amarillo, apareció Miladis. Llegó después de la misa y vio marchar en su moto al Padre Linares, quien cobraba 80 mil pesos por la ceremonia rural que no incluía bautismo. Nadie preguntó qué le había pasado durante esos largos años. Llegó con maleta roja y unas sandalias altas que llamaron la atención de las mujeres de la vereda. Se improvisó un sancocho de gallina en leña en la cocina rústica de sus padres, y empezó el reconocimiento recíproco familiar. Conservaba aún las infantiles nalgas firmes de totumo y la dentadura frontal. Su madre, campesina observadora, vio en sus ojos las lágrimas de la tristeza.

Esa noche fueron a tomar cerveza donde el picó que había venido de Ciénaga de Oro, que les recordaba estruendoso a los habitantes que estaban vivos. A punta de cervezas se emborrachó. Bailó con todos y, cuando el noviecito que había dejado le propuso irse para los mangos del doctor Pachi (el odontólogo que tenía la finca enfrente de la vereda), lo rechazó. Estaba hastiada de sexo, su yunque tan usado cual cajero automático, y Playa Blanca para ella, su confesionario inmaterial. No durmió. Con olor a cerveza y, sin despedirse, se marchó.

Solo dos hechos sacudieron el último lustro de la vereda. La demente que se escondía debajo del puente viejo de tablas y desnuda bajo una sábana salía a media noche para asustar a los pasantes. Nadie imaginaba las travesuras psicóticas de la anciana, y después de las 7 de la noche ningún vecino transitaba por el lugar. El otro hecho fue la muerte accidental del Viejo Padilla. Estaba desarmando una casa vieja, cayó de las escaleras y se desnucó. El único recuerdo que se guardó de él, lo dijo el sobrino: le dolían las tripas y un cólico le hizo perder el equilibrio. Murió de diarrea.

Ese miércoles en la noche Mabel se sorprendió con la llamada de su hermana menor. El sábado madrugado llegaría Miladis a Playa Blanca con una buseta de “la de los Andrade” a recoger a su familia para llevarla a conocer el mar de Coveñas. Lo que le quedó claro fue: “pónganse los mochos” (pantalonetas y vestidos de baño), que nos vamos para el mar.

La familia quedó hipnotizada por el día de playa. El patriarca miraba incrédulo la doble calzada desde Cereté y recordaba cuando en canoa salían a cazar babillas por esos caños vírgenes. El sobrino confundió la ciénaga Grande del Bajo Sinú con el mar y no entendía por qué había tantas motos en Lorica. La madre miraba a Miladis y descubrió en su mirada el destello de felicidad que hacía muchos años se había secado.

Conquistar el mar y el sabor de agua salada. Hacer castillos y escribir con mala caligrafía los nombres curiosos de cada familiar. El pizarrón de la playa y cómo cuando se escribía la segunda palabra ya el mar había borrado la primera. Igual que el tiempo con las emociones, las penas y las alegrías

En el imaginario colectivo de esta familia de Playa Blanca quedará para siempre ese día que conocieron el mar. Nadie habló del mañana o evocó el pasado. Disfrutaron la intensidad del momento y conservarán en su recuerdo la gratitud indeleble de quien les regaló un día de felicidad. ¡El presente!

De Miladis solo se sabe que se bajó con el conductor en la estación de gasolina de Cereté. Quince minutos más tarde este regresó solo y les dijo que ella llegaría más tarde. Nunca lo hizo. Esa noche, su madre, atolondrada por el sol y por las ocurrencias del día, se durmió bajo la sombra tutelar de Miladis quien, como ángel custodio, cerró sus ojos de felicidad.

En este país en donde el oscurantismo amojonó sus territorios y los iletrados disfrutan las cosas simples como la arena, el sabor de lo salado y la geometría de las olas, siento pena por los analfabetos emocionales. Esos que piensan que la felicidad solo se consigue en las aulas universitarias y se alejan tanto de las emociones productivas, que se les olvida lo efímeros que son los momentos que deberían perdurar en el tiempo.

La alfabetización emocional y la felicidad reconfiguran la corteza cerebral, donde labramos el aprendizaje y… la vida.

 

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