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Opinión

En el cerebro del pedófilo

 Las conexiones sinápticas de Garavito no tienen arreglo. Tienen una curva dirigida hacia la perversidad. Igualmente pasa con el cerebro de los corruptos. Por eso solo hay una respuesta social para ambos: cadena perpetua.

Hace unos días, un buen amigo me preguntó: ¿cómo es el cerebro de un pedófilo? Su intranquilidad se fundaba en la posibilidad de que Luis Alberto Garavito, “La Bestia”, ese temible violador y asesino de niños, recuperara su libertad. El Inpec le había solicitado “ingenuamente” a una jueza de penas que la contemplara. Garavito está condenado a 40 años de prisión y se encuentra recluido en el pabellón de sanidad de la cárcel de Valledupar.

Antes de responderle, le expliqué la diferencia entre pedófilo y pederasta, términos usados en múltiples ocasiones como sinónimos. La pedofilia es la atracción sexual que una persona adulta (mayor de 16 años), siente por los niños. Experimenta fantasías, pensamientos recurrentes o deseos, durante más de seis meses. Se entiende como un trastorno de la conducta, y tiene una prevalencia del 3 por ciento en la población general. El pederasta, a su vez, es aquel que comete el acto sexual y abusa del menor. Este es el de la práctica aberrante y delictiva.

Hay personas comunes que de un momento a otro empiezan a exhibir esta tendencia, y estudios encuentran que tienen lesiones estructurales cerebrales que explican su comportamiento anómalo repentino. Es la variante adquirida, ejemplificada en enfermos con tumor cerebral cuya primera manifestación clínica fue el abuso sexual de menores. Otras causas son trauma y enfermedades degenerativas. Vale la pena anotar que al extirpar el tumor o retirar el origen exógeno, la conducta irregular desaparece.

El problema estructural congénito o primario es lo usual. La persona nace con una tendencia o programado a seguirla. Hay factores en útero condicionantes, como el estrés de la madre o la malnutrición. La circunstancia de lo adquirido se denomina “Síndrome Vampiro” (si te muerde un vampiro, tienes altas posibilidades de convertirte en uno). En la historia de los pederastas se encuentran antecedentes como que en su infancia fueron víctimas de abuso. En sus años de indefensión lo sufrieron en carne propia, junto con un desarrollo emocional o psicológico atípico, de familias carentes de afecto y con lazos disruptivos.

Conocemos su estructura cerebral: pequeño lóbulo prefrontal, el que regula la conducta; una amígdala de menor tamaño, que es la que transforma y sintoniza las emociones; y una estría terminal anómala (autopista directa desde la amígdala). Además, presentan menor cantidad de la sustancia gris en áreas implicadas en la inhibición de conductas y desarrollo sexual. Las vías de conexión de sustancia blanca en las zonas encargadas de reacción ante estímulos sexuales son de inferior densidad. Se nace con la semilla de la pedofilia y en la niñez los maltratos, las violaciones y torturas -como en Garavito- robustecen el crecimiento de estos cables torcidos. Es la dinámica de la perversión: de víctimas a victimarios.

Durante varios años se ha logrado detectar, mediante los exámenes de resonancia magnética funcional (muestra el área del cerebro que se activa por el mayor flujo de sangre durante la función ejecutada), qué personas son o no son pedófilas. Nos preguntamos cómo es posible que el placer sexual supere la barrera moral. Algo anda mal, o en el sistema de recompensa o en lóbulo prefrontal. El pedófilo “piensa” en hacerlo y el pederasta “necesita” hacerlo.

Afirman los investigadores que el cableado cerebral del pederasta es diferente. La educación y la cultura modulan el sexo, pero su programación biológica es innegable. Tan cierto que, en el experimento sobre elección de juguetes, los simios machos eligen carros y coches y las hembras pasaban más tiempo jugando con muñecas. Este deshace el efecto del medio ambiente o socialización. Tenemos los seres vivos similar sistema de recompensa y de gratificación, y los mensajes viajan por similares aferencias nerviosas. ¿Dónde está el interruptor que apaga la moral y oscurece el cerebro ético? ¿En qué momento no importa el daño que ocasionamos? ¿Cuándo sepultamos la empatía emocional?

Se han ensayado múltiples intervenciones terapéuticas para esta parafilia. La castración anatómica o farmacológica es una de ellas (hay informes de 400 castraciones realizadas el siglo pasado en los Países Bajos, siguiendo la premisa: castración voluntaria o cadena perpetua). Se dan medicamentos antagonistas de la testosterona que disminuyen la libido y el deseo sexual. Estos, vale la pena aclararlo, no modifican la tendencia. Procedimientos ablativos neuroquirúrgicos, con lesión del hipotálamo, no resisten análisis por su ineficacia. El acompañamiento psicoterapéutico integral es pieza clave, y sin duda ayuda a proteger a la población de niños vulnerables. Allí cobra fuerza la red social comunitaria, vigilante y cuidadora de los menores.

Diptongo: Las conexiones sinápticas de Garavito no tienen arreglo. Tienen una curva dirigida hacia la perversidad. Igualmente pasa con el cerebro de los corruptos. Por eso solo hay una respuesta social para ambos: cadena perpetua.

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