El sistema carcelario en los EEUU alberga a cerca de 2.2 Millones de presos que son casi la mitad de los encarcelados en el mundo entero. Los gringos están asustados por lo que representa esa población carcelaria a la que tiene que mantener en condiciones de vida aceptables sin importar su gran no importa ni que haya transgredido las leyes. La naturaleza de los delitos obliga, en muchos casos, a limitar totalmente de la libertad a los condenados y allí se inicia un sano debate en cuanto a las penas correspondientes.

Asesinos en serie, depravados violadores o terroristas criminales de lesa humanidad, merecen castigos ejemplares, aislados del mundo y que no impliquen arrepentimientos que puedan interpretarse como intentos de resarcir de alguna forma su culpa, con tantos y graves delitos que cometieron en particular y a la sociedad en general. Eso está contemplado y aceptado por las reglas de juego establecidas en el derecho internacional, pero, ¿qué pasa con el resto de delincuentes condenados? Vale la pena que analicemos la magnitud de la pena y, más aún, la forma de cumplirla. Se debate sobre la pena de muerte y es aceptada por muchos la cadena perpetua, de allí en adelante las condenas varían y se alargan o disminuyen por agravamiento, premeditación, concierto y muchas otras razones.

El tema lo resuelve la ciega justicia, pero viene después el lugar de reclusión. Si en USA están enredados con la población carcelaria, qué se deja para países como Colombia, donde el número de presos supera con creces la capacidad de nuestras cárceles. Es evidente el hacinamiento y las condiciones inhumanas de nuestros presidiarios que mezcla a peligrosos asesinos –pecadores mortales– con delincuentes de poca monta y con detenidos que esperan fallos judiciales en muchos casos absolutorios. El problema es complejo de por sí, pero, además, cuenta con la recurrente posición de la ciudadanía a la que no le importa la aberrante situación que “no nos dolerá hasta que nos toque”.

Está sobre el tapete el tema de la justicia transicional que analiza el cómo y el dónde cumplen las penas, muy cortas o poco largas, los exguerrilleros y demás implicados, luego del anhelado fin del conflicto. Hay propuestas razonables de reclusión en granjas agrícolas, áreas con la suficiente extensión como para que los reos vivan decentemente por lo menos en cuanto a espacio vital. En ese sentido, es pertinente que el GOC estudie seriamente modificaciones al régimen penal para que, de manera general, existan nuevas modalidades para el cumplimiento de las condenas. Si consideramos con objetividad la naturaleza de “peligrosos para la sociedad” de muchos detenidos, estoy seguro de que hay un porcentaje importante que de verdad no lo son pero que, de todos modos, debe cumplir una penitencia.

Esos delincuentes pecadores veniales podrían expiar sus delitos limpiando las calles, parques y sitios públicos o atendiendo ancianos y población impedida. También podrían trabajar en el campo en actividades agrícolas y, quizá lo mas importante, ser recluidos en su casa para el cumplimiento de sus penas. Sería necesario acabar con el Inpec y crear una nueva entidad con la que se contrate el control y vigilancia de los presos, extra e intra muros, con cárceles de alta seguridad, pero decentes, en donde los reos que lo merezcan cumplan reclusión real con todo el rigor y castigo. Lástima que implementar esto sea casi que un sueño, estamos en Colombia y aquí eso no se puede...