El Heraldo
Opinión

El huésped del fuego

Esta vez hubo sorprendente indiferencia de la Iglesia, que fue interpretada por Runeberg como una milagrosa confirmación.

En el relato de la crucifixión de Jesús de Nazaret, que hoy la cristiandad conmemora, puede leerse una variación del arquetipo primordial que refiere el sacrificio de un dios. Como el Attis frigio, crucificado y resucitado, como el Odín nórdico que, por un sorbo de la fuente del conocimiento, pende nueve noches del árbol de la vida y es herido de lanza. Así mismo, las transformaciones correspondientes a este ciclo narrativo tienen en común la presencia de un traidor en la sombra. En el relato cristiano, esa suprema ignominia corresponde en suerte al aborrecible Judas Iscariote.  

Por esta razón, Alighieri bautiza en su honor la cuarta fosa del noveno círculo del infierno: «la Judea», donde purgan su pena eterna los traidores. Allí, por los siglos de los siglos, un descomunal Lucifer de tres cabezas y pavorosas alas de murciélago destaza en una de sus fauces —de la que chorrea abundante baba sanguinosa— al hombre más odiado de la historia: el apóstol que vendió al Hijo del hombre con un beso. 

En la ficción conceptual Tres versiones de Judas, que Borges llama con humildad «fantasía cristológica», el autor se propone examinar, a partir de las conclusiones del devoto investigador Nils Runeberg, a quien Dante hubiera reservado «la suite de los herejes», un misterio central de la teología cristiana y, de paso, rectificar la torpe explicación ortodoxa que reduce a Judas a la codicia vulgar de treinta monedas de plata.

La primera versión es teológica: el orden inferior es un espejo del orden superior. Judas refleja a Jesús y realiza un sacrificio equivalente. Su traición no fue casual, sino un hecho armoniosamente preestablecido. «Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga».

El libro desata la ira de influyentes teólogos, forzando al investigador a rectificar su hipótesis y proponer el móvil contrario: «un hiperbólico y hasta ilimitado ascetismo. El asceta, para mayor gloria de Dios, envilece y mortifica la carne; Judas hizo lo propio con el espíritu». No cree ser digno de ser bueno, por ello busca el Infierno. Judas acepta el odio, pues le basta la dicha del Señor. «Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres». 

Runeberg, insatisfecho, trabaja por años en la tercera versión, cuya conclusión es monstruosa: «Dios totalmente se hizo hombre pero hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas».

Esta vez hubo sorprendente indiferencia de la Iglesia, que fue interpretada por Runeberg como una milagrosa confirmación. «¿Qué infinito castigo sería el suyo, por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios? Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg erró por las calles de Malmö, rogando a voces que le fuera deparada la gracia de compartir con el Redentor el Infierno». 

El cuento de Borges explora, así, las posibilidades ficcionales de la religión. No olvido, mientras espero una segunda ración de dulce de papaya con coco, que también la teología es una rama de la literatura fantástica…

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