Columnas de opinión |

El knockout de Nicasio

Regularmente recibo por correo unos relatos muy agradables, en los que recuerda pasajes de su infancia y de sus épocas de estudiante de medicina en la U. de Cartagena y su especialización en el Columbus Medical Center, en USA, mi dilecto amigo Israel Díaz Rodríguez, médico ginecólogo de gran trayectoria, oriundo de Tacaloa, Bolívar, que hoy a sus 94 años, en uso de buen retiro, pero con su memoria y sus sentidos al cien por ciento, sobre todo su sentido del humor, mata sus ratos libres escribiendo y divirtiendo a sus amigos, con correos frecuentes. Más de una vez he querido publicar con su autorización, alguno de sus relatos, como este de hoy, que él tituló ‘El knockout de Nicasio’.

Esta es la historia: Por allá por los años treinta, ningún corregimiento del municipio de Magangué disponía de acueducto, por lo que no tenían agua potable, así que sus habitantes tenían que ir a buscar el líquido al río, o a jagüeyes cercanos a cada población. En el caso de mi pueblo, a la cañada El Rompedero y en ocasiones al río. Aquellas personas propietarias de un burro, un mulo o un buey, iban o enviaban a algún empleado, y por el tipo de recipiente que cargara se catalogaba el estrato social, siendo el barril el que demostraba el mayor estrato. Pero como los hombres en su gran mayoría se ocupaban del pastoreo de los ganados, o a la labranza de la tierra, eran las mujeres las que regularmente cumplían la tarea de buscar el agua, para lo cual se valían de múcuras de barro cocido o calabazos de totumo.
Este oficio de buscar el agua era un verdadero ejercicio físico con el que lograban una figura de verdaderas amazonas, con cuerpos muy bien formados y brazos y piernas firmes y potentes, dado que para cargar el recipiente donde llevaban el agua, después de llenarlo lo levantaban para transportarlo en sus cabezas, donde se colocaban una especie de turbante que llamaban “rodillo”. Esto las obligaba a caminar siempre esbeltas y con cierta elegancia, de manera que estas mujeres eran muy fuertes y por ello sus maridos evitaban amenazarlas con pegarles por cualquier causa, aunque la costumbre era someter a las mujeres a sus caprichos.

Nicasio, casado con Genoveva, en un momento desafortunado para él, olvidó que su mujer desde muy joven había surtido de agua su hogar con la múcura en la cabeza desde la cañada, por lo que tenía brazos y piernas fuertes. Y un día, porque la comida estaba fría, montó en cólera. Nicasio se quitó el cinturón y venía amenazante para darle a Genoveva, ella lo esperó y a la distancia precisa le zampó un soberbio derechazo a la mandíbula. Nicasio cayó cuan largo era. Cuando llegó la hija, Genoveva le dijo que sacara agua de la tinaja y se la tirara a su papá en la cara. ¿Qué pasó aquí? ¿Quién me pegó con una piedra? Magdalena, la hija, le dijo: Papi, lo que te tiró al suelo fue una trompada de mi mamá, y debes contar con suerte porque te pegó un derechazo, porque si hubiera sido con la izquierda – Genoveva era zurda – no estarías hablando. 
La noticia se propagó por el pueblo, y desde ese día ningún otro hombre se atrevió a levantarle la voz a su mujer. Genoveva fue desde entonces considerada una heroína, admirada por todas las mujeres y temida por los hombres.

nicoreno@ambbio.com.com 

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