Todo es igual. Como todos los días, en el país de la eterna tristeza, de la eterna desazón. El movimiento se convierte en quietud. En esa quietud que se repite hasta congelar el tiempo. Nos acomodamos en la indiferencia y nos dejamos conquistar de la mezquindad. Nos creímos los discursos demagogos de algunos políticos que están perdidos en el delirio que genera el poder. Ignoramos la historia y nos da pereza mirarla a los ojos. O tal vez es una pereza que oculta la vergüenza. Esa que se aferra a la violencia. Esa que no nos deja avanzar.

Los titulares siguen mencionando a Venezuela, a pesar de que asesinan a líderes sociales casi a diario. Claro, los asesinatos sistemáticos no merecen titular en el país del olvido. Es mejor que pasen desapercibidos. Es mejor convertir a los seres humanos en números que borran la memoria. Así que el sufrimiento del país vecino es la excusa perfecta para maquillar la realidad. Una realidad que es tan cruel como cualquier dictadura.

Este país parece ciencia ficción. No nos damos cuenta de que logran hasta eso, borrarnos la memoria. Nos educan para ignorar lo que pasa aquí. Nos convencen de que la verdad no importa y es mejor dejarla ir. Manipulan la historia hasta inventarnos que la construcción de memoria es un crimen. La indolencia es protagonista.

Las más de ocho millones de víctimas que dejó el conflicto armado pasan a ser eso: un número. Entonces, Keimer Martínez Gamboa (seis años de edad, asesinado por las Farc en la Parroquia San Pablo Apóstol en Bellavista, Bojayá. Masacre de Bojayá) es la víctima dos millones cincuenta y ocho. Marino López (asesinado en la Operación Génesis. Los paramilitares jugaron fútbol con su cabeza) es la víctima millón cien. Wilmar Restrepo Torres (joven de 14 años asesinado en la masacre del Aro por paramilitares) es la víctima cinco millones trescientos seis. Los miles de N. N. son las víctimas que ya ni puedo contar. La memoria se transforma en números, en vacío, en nada. Es una cuenta regresiva que dopa la mente y deforma la realidad.

Algunos afirman que el conflicto armado nunca ha existido. Otras hablan de “buenos muertos” y justifican lo inaudito. En esta etapa del colombiano, no le ponen número a la víctima. La desvanecen y la tachan.

Así que ni el número queda. Destruyen la memoria. Por eso es fácil repetir. Por eso el pasado es permanente. Por eso no nos escandalizamos con la barbarie. Por eso la vida no es prioridad. Por eso quieren desaparecer la verdad.

Colombia es un país de ciencia ficción condenado al olvido. Sometido a la repetición. Si desconocemos la historia y el porqué de tanto dolor es imposible prosperar. La construcción de memoria cimenta un futuro menos violento, un mañana más digno. El problema es que la memoria no existe: la borran. Todo sigue igual porque no hay memoria. Porque los números se desdibujan cuando son muchos. Porque la humanidad se perdió en un ayer sin retorno.

@MariaMatusV

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