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La estatua

La estatua que fue atacada frente a la iglesia del Carmen nos había acompañado por más de cien años.

Apaciguados los ánimos, derribada de su pedestal, perdida su cabeza desmembrada y ya puestas a salvo sus ruinas, valen la pena unas palabras sobre el ataque a la estatua de Cristóbal Colón en Barranquilla.

La destrucción intencional de estatuas no es algo nuevo. La glorificación en piedra o metal de personas, dioses o ideas nos acompaña desde que el mundo es mundo. Sabemos, por las inscripciones en algunas estatuas asirias que advertían de terribles maldiciones a quienes las destruyeran, que tumbarlas con propósito ya era un tema hace tres mil años. La lista es larga e imposible. La columna napoleónica de la plaza Vendôme, uno de los símbolos de París, fue demolida rabiosamente durante la Comuna de 1871. Después la reconstruyeron. El gigantesco monumento a Stalin en Praga necesitó 800 kilos de explosivos para pulverizarlo, apenas siete años después de su develación. La estatua de Saddam Hussein cayó luego de la pírrica victoria norteamericana en la guerra contra el dictador, constituyéndose en uno de los actos más simbólicos de aquel conflicto. Militantes de ISIS se encargaron de dañar joyas del patrimonio de la humanidad con martillos y taladros neumáticos. A mediados del año pasado, varias estatuas de Cristóbal Colón en Estados Unidos fueron vandalizadas como parte de la reacción suscitada luego de la muerte de George Floyd, que sembró desórdenes en casi todo ese país. Hasta que nos tocó. Hace unas tres semanas nuestro Colón corrió la misma suerte de sus equivalentes gringos y terminó víctima de los coletazos de esa tendencia.

La estatua que fue atacada frente a la iglesia del Carmen nos había acompañado por más de cien años. Donada por la colonia italiana, en principio estuvo en el espacio público más representativo de nuestra ciudad, el antiguo Paseo Colón, al que dio su nombre hasta que se instaló la efigie que rinde homenaje a Simón Bolívar. Llevaba ya varias décadas en el sitio donde encontró su suerte final, tranquila y sin mayores protagonismos: ese pequeño parque no hacía parte ya de las postales barranquilleras.

Y sin embargo, fue descabezada.

Desde luego, el conocimiento del pasado es relevante para comprender los fenómenos que nos han forjado. Pero encuentro inútil fijarse en pretendidas reivindicaciones que el tiempo igual se encarga de matizar. El descubrimiento de América que seguimos reclamándole a Colón, lo repito por si acaso, ocurrió hace 500 años. Nuestra independencia cuenta dos siglos. Hemos tenido tiempo suficiente para organizarnos de la manera que nos pareciera, de tal forma que cualquier inconveniente, y hay varios, es nuestra entera responsabilidad. Nuestra, no de los conquistadores, a quienes vencimos hace rato. Parece que se nos olvidó que esa guerra la ganamos.

Es paradójico. A los colombianos nos pidieron perdón y olvido para superar nuestras peleas internas. Firmamos un acuerdo de paz con una guerrilla en el que esa condición era ineludible, aunque las heridas de esas disputas están todavía muy frescas. Se reclama que no seamos capaces de pasar la página. Pero, aparentemente, nos parece válido revivir y celebrar rencores de hace siglos. ¿Cómo pretendemos avanzar así?

moreno.slagter@yahoo.com

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