El Heraldo

La guerra de los niños (II)

La guerra que el país quiere parar se ve con otros ojos cuando se comprueba que esta es una guerra que hacen los niños desde las trincheras de los guerrilleros  o de los paramilitares.

Los datos de Human Rights Watch indican que cuatro de cada diez combatientes de Farc son niños y que en el ELN los niños son el 44% de su pie de fuerza. En las Autodefensas llegaron a ser el 40% de las tropas.

Si se suman los niños reclutados por las Farc para sus milicias urbanas y para sus frentes, sus niños guerrilleros son 7.400; el ELN tiene en sus filas 1.480 y en las de los ‘paras’ llegan a ser 2.200. Todo un ejército de niños.

No todos pueden con el peso de una ametralladora, y esto fue un problema para los reclutadores hasta que los fabricantes y proveedores en Rusia ofrecieron las AK 47 y los de Estados Unidos proveyeron los M 16, armas de peso ligero, que resolvieron el problema para estos grupos de guerrilleros y paramilitares que necesitan, con urgencia a los niños en sus filas, por varias razones:

El niño es sagaz, al mismo tiempo que predispuesto a  aceptar resignadamente las órdenes de los mayores; el niño campesino, además, es un conocedor de su región, superior a los adultos; pero más que eso se valora su capacidad para sobresalir en pruebas de velocidad, fuerza y manejo de armas.
El niño que, aparentemente, entra a la guerrilla seducido por la posibilidad de una aventura,  es en realidad un fugitivo que al pedir el reclutamiento cree haber encontrado el menor de los males.

Una vez dentro, y pasada la euforia de la novedad, muchos de ellos (¿la mayoría tal vez?)  tendrán que preguntarse –como contaba aquel muchacho de 17 años de su experiencia en las Farc– “Pero, ¿yo qué hago aquí”. Solo que cualquier intento de fuga puede ser castigado con el fusilamiento.

eberá, entonces, desarrollar unas habilidades si quiere sobrevivir. Cuenta Josefina Alvarez (Niños y conflicto armado) que aprenden “a no llorar fuerte para no delatar al grupo; caminar horas y horas sin quedar rezagados porque ello significaría la muerte”. Y estar dispuestos a aceptar situaciones que no llegaron a prever dentro de sus apasionados entusiasmos iniciales, como la prueba de matar.

La tuvo que pasar en el Cauca un muchacho que había superado todos los filtros en un frente de las Farc: “Tenía uno que matar a otro para probar valentía”.

A esta realidad brutal se agrega el temor constante de la propia muerte si se duerme durante la vigilancia nocturna, o si acosado por el hambre se roba un pan.

Esta diaria confrontación entre su instinto de conservación y unas prácticas en que la vida es un valor subordinado a los severos reglamentos guerrilleros produce una indiferencia ante la posibilidad de morir y ante el cuidado de la vida ajena. Matar o ser matado son posibilidades que no estremecen a niños que al entrar a la guerrilla o a los ‘paras’ saben que no tienen a nadie. “Usted entra solo, sale solo y se muere solo, no hay amigos, ni hermanos” confesaba con frialdad un excombatiente de las autodefensas, de 17 años.

Después de la Operación Berlín, del Ejército, en Suratá, contra  una columna de las Farc, quedaron en el lugar del combate 29 cadáveres. Todos eran niños con uniforme guerrillero y con armamento ligero en las manos.

Periodistas y militares creyeron haber sido testigos de uno de los mayores episodios de crueldad de la guerra. Pero algo más cruel había ocurrido antes: el proceso para arrancarles a esos niños el sentido de vivir y de dejar vivir, porque solo así se puede hacer una guerra de niños.

Jrestrep1@gmail.com

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