El Heraldo
Opinión

Un carnaval extraño

El Carnaval que precede al tiempo de Cuaresma llegará a su término festivo cuando la muerte ronde a Joselito para acallar su ciclo de excesos.  

¡Qué tiempos tan extraños los que nos ha tocado vivir! Son tiempos de Carnaval antes del Miércoles de Ceniza. Según el calendario festivo corresponden a las tan esperadas carnestolendas de Barranquilla, aunque parece que la luna se extravió porque en su trayectoria astral y simbólica, estas noches no resuenan, son silenciosas, se ha callado el ruido de la flauta de millo y la tambora.

Hace un año sonaban por todas las esquinas los clamores de los danzantes ensayando sus pasos para el desfile del sábado y  la gran parada del lunes. Desde mi casa oía la bullaranga que la brisa de esta época arrastraba y llevaba por los aires, aunque quedaba el eco y uno sabía que el Carnaval estaba llegando. Ahora la brisa fuerte no trae sino su propio zumbido, los golpes de los árboles que se pegan a sí mismos. Solo hay la brisa, el silencio de la brisa loca porque aquí, contrariamente, en esta época la brisa tiene que ser sonora, tamborilera. Este año las brisas se volvieron melancólicas, no vibran con el ruido de una música de tambores, ni siquiera se oye el flotar de las polleras que por sí solas van rozándose las unas con las otras en los bailes callejeros de las comparsas.

¿Será posible que un virus venido de Asia nos haya quitado de un zarpazo la alegría bulliciosa del Trópico?  Tengo dudas. No sé si el ruido, con todas sus variantes urbanas como los pitos de los buses, o la música de toda clase puesta a todo volumen, por ejemplo, se nos volvieron elemento imprescindible para vivir y nos sentimos desamparados, si no muertos, cuando hemos entrado en un silencio que no hemos buscado pero que nos ha impuesto una extraña peste que nunca imaginamos que nos iba a afectar tanto. El hecho es que los tiempos del virus nos quitaron los sonidos carnavaleros. Y se ha vuelto difícil que disfrutemos de la vida con la callada revolución de la luna en su giro nocturno.

Miro en Internet unos cuadros de Ángel Loochkartt, el pintor barranquillero del Carnaval. Los Congos, entre ellos “Los congos pasando la juma”, muestran la sensualidad, la fogosidad, la desmesura de ese estado psíquico y corporal del goce, y sin pasar por alto el intenso colorido, máxima expresión del Caribe diurno y nocturno, siento que remiten también, en esta ocasión de espasmo en tiempos de la covid-19, a ir más allá del espectáculo. Una invitación a  no dejarse apabullar por el virus que nos ha robado la euforia de las calles pero que no podrá vencer las ganas de vivir. Este es un tiempo que pone a prueba la capacidad de resistir, de recogerse en aras de la salud, en los espacios interiores que necesitamos aprender a recorrer.

El Carnaval que precede al tiempo de Cuaresma llegará a su término festivo cuando la muerte ronde a Joselito para acallar su ciclo de bailes y excesos. Sin embargo, este año largo que llevamos desde cuando comenzó la pandemia, ha cobrado ya muchas muertes, entre ellas las de amigos y conocidos, que duelen mucho. La vida es un carnaval, canta Celia Cruz, solo que ahora nos tocó vivirlo con mascarillas, mientras el baile de máscaras esté suspendido.

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