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Opinión

Los niños de la guerra

Que pasara el tiempo sin afrontarse en la JEP el capítulo del reclutamiento de menores, además de la violencia sexual.

Cuando leía la noticia del rechazo que numerosas víctimas dieron a la versión rendida recientemente ante la JEP por los jefes del Partido FARC, me vino a la memoria la película “Adiós, los niños” del francés Louis Malle. En el contexto bélico de la Segunda Guerra, cuando medio territorio francés estaba ocupado por los nazis, un grupo de preadolescentes revive dentro de un internado religioso los conflictos de la guerra. El director del filme nos va contando cómo aquellos niños, con un pie en la adolescencia, se despiden a la fuerza de la infancia, cómo la infancia se despide sin compasión de ellos.

Que pasara el tiempo sin afrontarse en la JEP el capítulo del reclutamiento de menores, además de la violencia sexual y reproductiva que ellos sufrieron, era preocupante. Se venía imponiendo un extraño silencio mediático sobre el grave problema de los menores reclutados por la guerrilla, “los niños de la guerra”. Por eso cuando  se supo que la JEP iba a recibir las declaraciones de los jefes exguerrilleros, estábamos expectantes porque “era la primera vez en la historia del país que un comandante de ese nivel (alias Timochenko) rendía cuentas acerca de un tema tan doloroso”, como expresó acertadamente un editorial de EL HERALDO (11/09). 

Sin embargo, no se cumplieron las expectativas. La dirigente de un grupo de víctimas replicó con dureza a las declaraciones del comandante que “negar el reclutamiento de menores es faltarle a la verdad de un país y nos revictimiza porque sí existimos las víctimas del reclutamiento”. Sin entrar a citar otras fuertes reacciones de líderes y lideresas de las víctimas contra la mencionada rendición de cuentas, hay que decir que sí se ha producido una gran decepción en la opinión en torno a la posibilidad de conocer la verdad cuando ésta se ha convertido, y así debe ser, en una exigencia legítima de una comunidad atribulada por un conflicto en el que se perdieron hijos, parientes, seres amados.

Contar la verdad, decirla, oírla, en un momento en que se atraviesa por una expiación colectiva, tras décadas de enfrentamientos a muerte que parecen no terminar contra la voluntad de paz de una mayoría silenciosa, es quizás una ilusión colosal  que albergamos, aunque tenga visos de utopía. Las utopías son también el sustento de sociedades que sueñan con un futuro mejor. Hay derecho a vivirlas. Esa es la razón, o la pasión, de conocer la verdad, que ha desvelado a filósofos, científicos, sociedades, individuos a lo largo de la historia, pero que en la del país se ha vuelto una tarea ineludible para tener una segunda oportunidad en la que podamos convivir y progresar sin miedos.

No menos relevante que conocer la verdad sobre lo sucedido, es debatir la verdad que queremos para el futuro de nuestros niños y adolescentes. Tratar la infancia como un asunto que se deja al jardín infantil, o a su propia suerte, sería repetir el pasado que hoy estamos lamentando. Sería condenar a niños y adolescentes a que le digan adiós a la infancia digna y feliz que no tuvieron. Que no supimos darles.

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