El Heraldo
Opinión

Hablar con la pared

Antes de terminarse el semestre pasado, varios profesores me comentaron su experiencia con las clases virtuales. 

Cambiar el salón de clases, donde uno habla cara a cara con los estudiantes, debate, pregunta y responde, como se ha hecho por incontables siglos, para pasar a una interacción, en la que se ven más los nombres que  las figuras, es muy difícil. El intento por comunicarse produce estrés. Porque dar clases de esa manera “es como hablar con la pared”, me dijo uno.

Aunque parezca exagerada, la frase revela el malestar de muchos. Y también el de los alumnos. Es cierto que se han dado avances en poco tiempo con la tecnología.  Pero esta nueva forma del aprendizaje escolar, en todos sus niveles, es mucho más retadora que la misma tecnología en que se sustenta. Al fin y al cabo, desde hace varias décadas ya existían las clases no presenciales que se dan todavía hoy por radio y televisión. En esas modalidades, el profesor está rodeado de docentes auxiliares y técnicos que van indicando lo que hay que hacer y cómo hacerlo. Es un trabajo en equipo. En la nueva realidad, y debido al distanciamiento social, el profesor está completamente solo en su espacio y, por supuesto, frente a la cámara del computador. Por más cancha que se tenga como pedagogo, explicar un tema o desarrollar un algoritmo, sin estar físicamente con estudiantes, produce la sensación de estar hablando solo.   

Desde muy antiguo, y cuando se inventó sobre todo el alfabeto, maestros como Platón o Arquímedes hablaban con sus pupilos y dejaban por escrito los diálogos filosóficos o los problemas de la Física y la Matemática que trataban con sus estudiantes. De la mayoría de los grandes maestros de la humanidad han quedado valiosos testimonios de sus enseñanzas, algunos grandiosos, que hoy llenan las bibliotecas del mundo, incluyendo las bibliotecas digitales. Pero también se aprecia que son huellas, muchas de ellas casi palpables, de lo que dijeron o de lo que anotaron sus alumnos. Los testimonios del saber acumulado de los grandes maestros se pueden revivir en escritos religiosos como los Sutras de Buda o los Evangelios de Cristo, que conservan el dramatismo del momento en que fueron dichos y compartidos.

Es cierto que las clases que se dan hoy, en plena pandemia, quedarán en principio grabadas en medio magnético. Pero no serán el testimonio de una presencia del profesor con sus alumnos, sino de la ausencia del diálogo, de la interacción directa. Los profesores están haciendo un esfuerzo muy grande por adaptarse y manejar de la mejor manera las exigencias de la enseñanza a distancia, pero saben que subsisten vacíos de comprensión difíciles de subsanar. Se echan de menos las miradas, los gestos, las voces, la compañía de los estudiantes que una clase presencial permite. 

Por culpa de la peste universal, esta ruptura de la historia de los conocimientos compartidos en el aula quedará como un momento agobiante, como el paso por una selva oscura, que en el comienzo del libro del Infierno describió Dante. 

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