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Opinión

Después de la bomba

En un día de esta semana que termina, hace 75 años, el 2 de septiembre de 1945 exactamente, Japón firmó su rendición ante los Estados Unidos. Habían pasado dos bombas atómicas, arrojadas el 6 y 9 de agosto respectivamente sobre Hiroshima y Nagasaki. El saldo fueron cerca de 250 mil seres humanos muertos en esas dos jornadas.

En las fotos de la memoria, que han circulado estos días en la prensa del mundo, se ve al ministro japonés Mamoru Shigemitsu, vestido de frac y con sombrero de copa en la mano, firmando el acta de rendición ante el general Richard Sutherland, en traje de campaña. Un contraste, fuera de todo protocolo mínimo, que da pena, al tiempo que le produce a uno la sensación de estar contemplando una escena surrealista. Pero el precio de la paz no fue la humillación del acto protocolario sino uno más horrendo: miles de japoneses que corrían por las calles con sus cuerpos en llamas, sus órganos quemándose por la radiación atómica, los niños gritando con sus ojos ya ciegos y ante el abandono cósmico al que los lanzaban la calculada maniobra de los tiempos nucleares que se inauguraban con ellos. Tristemente histórico.

Las guerras, que ya no se pueden enumerar porque no caben en los manuales de historia, son lo peor que les ha pasado a los pueblos desde que el mundo existe. Nosotros, que hemos sufrido tantos conflictos bélicos que no acabamos de saldar aún, con las heridas todavía abiertas tras los Acuerdos de Paz, sabemos que ya hemos sobrepasado la decencia que exige la convivencia común, sin ser capaces de ponerle punto final a un enfrentamiento en el que cada uno dice tener la razón. Y seguimos mostrándonos los dientes y encendiendo los ánimos. El presidente de los Estados Unidos de entonces, Harry S. Truman, juzgó, que era tomando una medida inhumana y cruel como había que terminar la Segunda Guerra Mundial, añadiendo 250 mil muertos más en un par de días a los millones de muertos que ya llevaban poniendo los cinco años de esa “guerra ilusa”, como dijera Jean-Paul Sartre en sus Diarios. Un relámpago apagando una tempestad.

¿Estamos condenados a que las diferencias, las hostilidades más severas, se tienen que arreglar con la sangre derramada del adversario? La razón dice que no, la historia muestra que predomina el contrario. Borrón y cuenta nueva. Catorce años después de terminada la Segunda Guerra, el director francés Alan Resnais, llevó al cine una novela de su compatriota, la escritora Marguerite Duras, “Hiroshima, mon amour”, intraducible por lo bello. Le encargaron una película sobre la atrocidad de la guerra, sobre la barbarie de la bomba atómica.

Igual que la novela, Resnais no se puso a narrar los horrores de la guerra. La historia transcurre entre un hombre y una mujer, un japonés y una francesa, que sin conocerse experimentan la memoria y el olvido que suceden en el amor, ese amor inmediato, el más equívoco, el que produce más dolor, como contrapunto de una paz que no se alcanzó con Hiroshima. Ahí solo se firmó una paz desigual sobre una herida.

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