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Opinión

#DeDiegoYAntonioEs

Maradona jamás olvidó su esencia, ayudó a su gente y permanentemente estaba buscando a quien ayudar.

Maradona fue la muestra de la existencia de Dios en la tierra, un Dios terrenal, aquel que da fuerza, ilusión, que marca vidas, que trasciende su mejor aspecto, que llega al cielo, baja al más profundo infierno y es capaz de renacer no una, sino muchas veces.

Cuando llega a Nápoles lo hace pasando penurias por una fractura, una hepatitis, un fracaso en el mundial de España 82 y empezando su gusto por las drogas. Allí se levanta y convierte a Nápoles, sí a Nápoles la ciudad no solo al equipo, en un mundo nuevo, renovado con fe y esperanza.

Así lo lograba siempre Maradona, por eso lo idolatré, sí para mí era un ídolo, capaz de mover y sacar todas las pasiones de un ser humano, en este caso las mías, la euforia cuando hizo el mejor gol de la historia de los mundiales, cuando alzó la copa mundo en el Azteca de México, a una gran tristeza cuando lo vi apoyar a Chávez y a Maduro, a Castro y al Che Guevara. No obstante, después pensaba que los apoyaba desde un jet privado o una mansión en la playa y hasta esas contradicciones tenían un mensaje que iba más allá del fútbol.

Maradona generó en mí varias marcas: la de ser ganador, la de ser generoso, la de caer y levantarse, las mismas que veía en mi padre, mis dos ídolos, uno sumergido en las drogas, que al final lo llevaron a la muerte, y el otro en el alcohol con la misma consecuencia fatal. Ambos, grandes icónicos, y sí, sí estoy comparando a mi padre con el Diego, porque por lo menos en mí ambos causaron un impacto, en lo bueno y en lo malo, pero siempre las virtudes por encima.

Maradona jamás olvidó su esencia, ayudó a su gente y permanentemente estaba buscando a quien ayudar, como apoyar, desde el partido que jugó en la calle para ser solidario en Nápoles porque el equipo no había prestado el San Paolo, hasta la conversación con Rafael Nadal en la que le dice “aquí estoy para cualquier causa benéfica que necesites”.

Maradona, como mi padre, pudo y supo ayudar a mucha gente, pero ninguno de los dos pudo salvarse de ellos mismos. 

Muchos, como Jimmy Burns, quisieron desacreditar a Maradona, muchos quisieron desacreditar a mi padre, con tan mala suerte que ambos, a su manera, aceptaron sus errores y los sobrepasaron para pasar a la historia, cada uno en su magnitud y cada uno en lo suyo.

Una vez mi padre me dijo que la mejor forma de no poder ser jamás extorsionado o vilipendiado por los defectos y errores, era no tener vicios ocultos. Tanto Maradona como Antonio lo aplicaron, y yo también, por eso me da risa cuando me dicen que fui hijo de alcohólico porque en realidad fui y soy hijo del mejor penalista que Colombia haya visto en una sala de audiencias.

Argentina despidió a Diego Armando Maradona, mi ídolo y sí lloré, no lloraba desde la muerte de mi padre. Murió mi otro ídolo y la tristeza es enorme, lo pude ver y saludar solo una vez, pero cuánto me hubiera gustado estar algunos minutos con él y dialogar.

Yo me quedo con el Maradona del pueblo, con el que, a pesar de los esfuerzos de la FIFA por evitarlo, fue elegido por la gente como el mejor jugador de fútbol de la historia.

Me quedo con el Diego de la canción de Rodrigo, de Lerner, de Manu Chau, con el de la gente, con aquel que pudo recobrar el honor argentino después de perder la guerra con un gol con la mano, ¿la mano de Dios?, ¿injustificable? No seré yo quien lo recrimine.

Estoy seguro que en el cielo Diego Maradona y Antonio Cancino harán muchas tertulias y si están en otro lugar más caliente, también. Diego dejó muchas lecciones y será eterno, Antonio José también. Un brindis por ustedes.

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