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El presidente 118 y la corrupción

El día que los colombianos dejen de sentirse impotentes frente al Estado y lo perciban cercano, eficaz y confiable, ese día la democracia habrá crecido significativamente en legitimidad. Y un presidente comprometido con ese propósito habrá hecho un inmenso aporte a la sociedad colombiana.

El presidente que elegiremos en 2022 será el número 118 en los 200 años largos de vida republicana. Colombia - desde Simón Bolívar hasta Iván Duque - ha tenido 117 presidentes entre los que ejercieron períodos completos y los que ocuparon el sillón del poder por un  breve tiempo. 

Como puede verse, somos un país joven cuando se le compara con países de milenaria historia como Egipto, China, India y Japón, por ejemplo.  
Muchos de los que fueron presidentes ya nadie los recuerda. Entre ellos, cito el caso de Froilán Largacha que ejerció en el corto espacio de unos meses y cuyo nombre es un referente lejano y brumoso de nuestra historia. 

Está más en la memoria de algunos colombianos el expresidente Rafael Reyes, a quien, entre 1904 y 1909, le tocó la reconstrucción nacional tras la devastación ruinosa de la Guerra de los Mil Días, enarbolando el lema “menos política, más administración”, que aún se cita en ocasiones. 

En un país presidencialista como Colombia, donde el jefe del Estado es una especie de rey, se ha tendido a creer que los presidentes tienen una especie de varita mágica para resolver todos los problemas, y algunos, evidentemente, fueron mandatarios útiles y eficaces, pero también varios de ellos resultaron una lamentable y catastrófica frustración. 

Desde que yo empecé a entender políticamente la importancia de los presidentes (es decir, desde Alfonso López Michelsen en adelante), he tenido la apreciación, como muchos colombianos, de que los distintos gobiernos que han manejado al país no han desplegado la voluntad suficiente para derrotar el persistente azote de la corrupción. 

Esta falta de compromiso en la lucha contra la corrupción es la resultante de una democracia prostituida en la que los partidos (especialmente el Liberal y el Conservador) desfiguraron la política con el clientelismo, la compra del voto y la idea equivocada de que los puestos públicos son de beneficio privado.

De las encuestas que circulan se concluye que la esperanza de millones de colombianos es que el presidente del próximo cuatrienio haga algo trascendental para debilitar la corrupción y reducir su dañina incidencia. 

Por supuesto, la lucha contra la corrupción no depende de un presidente. Pero constituiría un avance que el 118 lograra comunicarle al país un fiable ejemplo de transparencia y de defensa de los recursos públicos. Representaría un poderoso mensaje para empezar a modificar en los colombianos la percepción habitualmente negativa que tienen de la administración pública. Y que explica, en buena parte, la crisis de confianza de este país. La gente sospecha de las instituciones.

El día que los colombianos dejen de sentirse impotentes frente al Estado y lo perciban cercano, eficaz y confiable, ese día la democracia habrá crecido significativamente en legitimidad. Y un presidente comprometido con ese propósito habrá hecho un inmenso aporte a la sociedad colombiana.

@HoracioBrieva

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