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Opinión

Barranquilla y sus enfermedades

En el barrio San Nicolás, en la plaza del mismo nombre, “vivían las familias de élite que controlaban el aparato económico y el poder político”.

Hace algún tiempo, cuando aún el Teatro Amira De la Rosa funcionaba, (¿esto lo tuvo en cuenta la entidad que acaba de declarar a Barranquilla destino cultural de América del Sur?), escuché, mezclado en un nutrido grupo de estudiantes y profesores, una magistral conferencia del profesor Dalín Miranda Salcedo, PhD en Historia, sobre la incidencia de enfermedades como la tuberculosis y la disentería en la Barranquilla de principios del siglo XX.

Sobre esto él ha escrito el libro ‘Barranquilla: tuberculosis, cultura y sociedad, 1900-1930’, y el apreciado académico ha tenido la cortesía de enviármelo en versión digital mientras está lista la edición en papel.

Según él, la Barranquilla republicana que desplazó a Santa Marta y Cartagena, convirtiéndose en el primer puerto del país, era una ciudad pujante y progresista, como la que ha vuelto a ser hoy después de un largo estancamiento de 40 años que principió a mediados del siglo XX.  

En el barrio San Nicolás, en la plaza del mismo nombre, “vivían las familias de élite que controlaban el aparato económico y el poder político”, dice. En esa ciudad puerto, comercial, dinámica, la gente pobre especialmente moría, a falta de una institucionalidad sanitaria fuerte, de tuberculosis, disentería, sarampión, viruela, fiebre amarilla, tétano y tosferina. Y me llamó la atención, en el correo donde me envía su obra, un dato desconocido: “1915 fue el año más fatídico de la historia de la ciudad: en tan solo seis meses una epidemia de sarampión mató casi la mitad de los niños”.

Saltando en el tiempo, recordé que en 1981, empezando mi carrera periodística como redactor de EL HERALDO, estalló una epidemia de gastroenteritis que mató a muchos niños, y ese momento correspondió al de una ciudad colapsada que carecía de un buen sistema de acueducto y alcantarillado, al punto de que en el suroccidente compraban el agua de carrotanques y hacían las necesidades en letrinas.

Esa ciudad había sido el producto de la incompetencia y la corrupción de los gobiernos liberales y conservadores. Y esa historia sufrió una ruptura en 1992, cuando, tras la irrupción del M-19, los barranquilleros eligieron de alcalde al excura Bernardo Hoyos Montoya. Acabar con las EPM y crear la Triple A fue el primer paso para recuperar el progreso.

Desde entonces nunca más volvimos a vivir el drama de las madres llorando a sus infantes devastados por la gastroenteritis en los precarios hospitales locales. Y desde entonces no cabe duda de que las condiciones sanitarias de la ciudad han mejorado, pero falta mucho por hacer. Quedó evidenciado con el coronavirus que nos ocasionó un elevado número de muertos en su pico más alto.

La conclusión que yo extraigo del libro del profesor Miranda es esta: el dinamismo económico de Barranquilla es imposible separarlo de un sistema de salud capaz de atender eficazmente las enfermedades.         

@HoracioBrieva

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