Me comuniqué temprano con varios egresados de diversas carreras de la Universidad del Cauca, en Popayán, para preguntarles cuál era su impresión acerca de haber estudiado en una universidad pública, teniendo en cuenta las dificultades por las que atraviesa esta educación en el país. Por unanimidad, la respuesta fue un orgullo tremendo por haber recibido una formación académica, ética y profesional que nos otorga un sitial de honor ante cualquier universidad del país, pública o privada, por encumbrada que esta se considere a nivel académico.

Estoy en los años 70, época en la que pagábamos sumas irrisorias por matrícula, hospedaje en las residencias universitarias y transporte entre las diversas instalaciones. Mi condición fue doblemente especial por ser hijo de educadores, lo cual implicaba mayores descuentos en todo. Lean bien: en más de un semestre ni siquiera pagué matrícula. Los giros que enviaban los padres oscilaban entre 300 y 700 pesos. Al que le enviaban 900 tenía la tula. La alimentación corría por cuenta del estudiante, la cual era muy buena y económica en la cafetería de las residencias. Cualquier lujo alimentario dependía de “la menstruación”, como me recordó John Samper que le decíamos a la mesada, porque la esperábamos todo el mes y no pasaba de tres a cuatro días. Cuando no le había llegado a alguien “el período”, enseguida “armábamos la vaca” y le ayudábamos a cubrir los gastos con la seguridad de saber que él haría lo mismo en la viceversa.

Una de las cosas en la que coincidieron y le dieron gran valor fue la libertad y pluralidad de creencias y el respeto al otro. Afirman que esa aceptación fue uno de los pilares que consolidó la amistad que se mantiene entre nosotros. En la Universidad del Cauca había todas las tendencias políticas de la época en el amplio margen que determinaban los polos opuestos de la derecha y la izquierda, y todo lo que cabía en medio.

Me recordaron los ingenieros electrónicos que, para esa época, su Facultad era la única en el país que otorgaba el grado de Ingeniería Electrónica y Comunicaciones, como universidad pública. Lo que demuestra el nivel que se manejaba en ese entonces.

Había estudiantes de todas las regiones de Colombia, en una integración en la que no había competencia sino cooperación, solidaridad, compañerismo. Eran famosas las amanecidas estudiando los fines de semana, con una pausa alrededor de las tres de la madrugada para ir al cuarto de “El Chapi Arrieta” para espantar un poco el frío de esa hora con una taza de “Incaparina”, una harina en polvo que él preparaba con una maestría que se volvió un ritual en esas interminables estudiadas.

Memorias atropelladas que se vienen a la cabeza cuando se contempla con tristeza el estado actual de la educación pública en Colombia que acabará con los sueños de millones de estudiantes que esperan una oportunidad como la que tuvimos.

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