El Heraldo
Opinión

Agujero de gusano

La peinada final me gustó menos porque acostumbro peinarme en un sentido y este man va para otro lado.

Sucedió sentado frente al espejo de la peluquería este 20 de julio con el tapabocas puesto y una gran preocupación al pensar cómo quedaría peluqueado después de muchos años de no sentarme en esa silla giratoria. Ha pasado bastante agua bajo el puente desde los años 70 en que el african look nos servía para identificarnos, un largo período compartiendo la negritud con esa pinta. Con la pérdida gradual del cabello recurrí a la máquina eléctrica que evitó que fuera a la peluquería y, además, me resolvía un problema de tiempo. Hoy, estoy culpando a dicha máquina de la caída del cabello, por eso acudí a peluquearme en un intento por engañar a la alopecia natural de los años.

Esa imagen me impactó y me trajo a la cabeza la idea de los agujeros de gusano, o Puente Einstein-Rosen, que plantean la existencia de agujeros en el espacio-tiempo y de la posibilidad de regresar en el tiempo a través de ellos o, también, la existencia de universos paralelos que se comunicarían por esos agujeros de gusano, el tiempo retorciéndose sobre sí mismo. Y me puso a pesar en la posibilidad de devolverme en el tiempo para volver a disfrutar, así fuera sin afro, del país en el que vivía antes que, sin ser la última maravilla, era más vivible.

Pero estamos en un agujero negro en el que cae y se consume toda la energía nacional en una absorción de materia que no deja nada a su paso y no sabemos dónde va a parar la energía no consumible. Desaparece en un cosmos político que se mantiene desde tiempo inmemorial.

Bajé de la silla no muy convencido del corte que me hicieron a pesar de las indicaciones que le di y me enviaron al lavado del poco cabello que me dejó, y ahí se me revolvieron más los pensamientos por culpa del masaje sobre el cuero cabelludo porque me sacudió las ideas, me centró en el aquí y el ahora y me produjo una desazón enorme al reconocer que soy testigo diario de cómo se gesta la cultura del odio frente a nuestras narices y nos declaramos enemigos por razones que ni nos conciernen en muchos casos. Y lo peor, no sabemos cómo salir de eso.

La peinada final me gustó menos porque acostumbro peinarme en un sentido y este man va para otro lado. Pagué y me fui revuelto pensando en que me va mejor con mi máquina y no vuelvo. Como no tengo nada que celebrar un 20 de julio, mejor aprovecho la otra celebración que hay ese día, El Día del Amigo. Así que, llegué al apartheid, hice sonar de primera la canción “Decir amigo”, de Serrat, y pensé en ellos, en lo afortunado que soy de tener de amigos a ese montón de bacanes que comparten conmigo las preocupaciones acerca de un país al que no le cabe en la cabeza la física cuántica ni ninguna teoría psicológica o sociológica que puedan salvarla, y se debate entre dejarse absorber del todo hacia la oscuridad, o sanarse mentalmente para continuar en la línea del tiempo en busca de un universo más seguro y sano.

haroldomartinez@hotmail.com

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