Columnas de opinión |

¿Qué pasa si me disfrazo del guasón?

Halloween es una tradición que genera angustia en algunos y euforia en otros. Hay quienes alegan que proviene de un festival celta llamado Samhain, el cual marca el final de la cosecha en octubre, mientras que otros otorgan su origen al cristianismo: la víspera de todos los santos.

Sea cual sea su origen, Halloween es una fiesta que se celebra de noche, pues evolutivamente, es cuando las presas atacan. De noche las sombras asustan, salen las brujas y los fantasmas y los estímulos externos se perciben más exagerados, motivo por el cual el miedo es la emoción que se apodera de ella. Es una fiesta en donde logramos ridiculizar el miedo y de esta forma estimular nuestros sistemas adaptativos.

También se piden dulces, aquel alimento prohibido que genera felicidad, y que, en este día, los niños tienen permiso de comer sin parar. Es un día de libertad y mejor aún, es un día en donde no existe lugar para la restricción.

Se trata de una especie de ‘pase libre’ que la vida nos regala para ponernos una máscara y esconder nuestro yo verdadero; para empoderarnos de la fuerza de otro personaje; para conocer lo desconocido; para personificar a nuestros ídolos; para enfrentar nuestros fantasmas internos y, mejor aún, para aflorar nuestros más profundos deseos y nuestros imagos infantiles.

Esta fiesta logra que nos acerquemos a la fantasía, que vivamos, por unas cuantas horas, aquello que habita en nuestro inconsciente y que, en ocasiones, solemos reprimir. Sabemos que la muerte es algo inevitable, sin embargo, este día podemos retarla y desafiarla para sentir que tenemos el control sobre ella, pues el peligro no es real.    

En esta fiesta logramos disminuir nuestros niveles de ansiedad; nos distraemos siendo otro; dejamos volar nuestra imaginación y creatividad; nos desinhibimos; liberamos las tensiones sociales y, para mí, es una fiesta fundamental para nuestra autoestima y autoconfianza, pues ese día todos están jugando a ser otro, y en ocasiones, haciendo el ridículo, por lo que no hay lugar para la crítica.

Los ideales y las normas de la sociedad juegan un papel fundamental. Pues en el día a día no vemos a niños con cuchillos en sus manos, a adolescentes caminando con disfraces de monja sexy, pues lo anterior no está permitido y, por lo tanto, no hace parte del deber ser.

Sin embargo, el 31 de octubre de cada año, llegada la noche, vemos a niños, adolescentes y adultos, sumergiéndose en otra identidad; luciendo esa minifalda corta que tanto desean usar, pero que en un día cualquiera serían incapaces de hacerlo; pintados con el pelo de un color exótico o llenos de tatuajes que muy en el fondo quizás quisieran tener, pero que, por temor a ser juzgados, no lo hacen.

Hace unos días en consulta le pregunté a un paciente de 10 años de qué se quería disfrazar. Él me contestó que de un asesino en serie. Acto seguido me dice: “obviamente yo no quiero matar a nadie, pero en Halloween hay que meter terror”. Le pregunté si le gustaba el terror y me dijo: “no, yo ni siquiera veo películas de terror porque me da mucho miedo”.

Con lo anterior quiero que reflexionemos sobre el significado de Halloween y sobre lo que se ha enseñado a lo largo de los años, pues está claro que el deseo de este niño no es convertirse en un asesino en serie, ni siquiera es capaz de sentir esta emoción, pero este día el desea impartir terror, un terror que no debe horrorizar a los padres, pues es un terror genuino que emana de la misma fiesta.

La clave está en cómo educar; en enseñarles a los niños que Halloween es un día para disfrutar de algo desconocido; un día para personificar a ese jugador de futbol o a esa princesa que tanto admiran o para enfrentarse a ese personaje que tanto terror les causa.

Los límites nunca deben faltar, y considero que siempre hay que hablar con la verdad, pues los asesinos en serie sí existen, el terror nocturno también invade las calles colombianas y el miedo es intrínseco a nuestra naturaleza.

Es importante que los niños aprendan a conocer esta emoción, a sentirla y más importante aún, hacerla consciente para que aprendan a controlarla. Así mismo debemos impulsar su creatividad y enseñarles a tener una imaginación sana y un espíritu aventurero.

¿Qué pasa si su hijo se disfraza del guasón? Si tiene clara la delgada línea que existe entre la fantasía y la realidad, nada. ¡No pasa absolutamente nada! Así que los invito a que se arriesguen y dejen que ellos lo hagan también. Recuerden que los niños solo tienen una oportunidad de serlo; no les robemos su momento, caminemos junto a ellos.  

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