Columnas de opinión |

Paz en las marchas

Los sesudos analistas que piensan que las protestas que se están dando en diversos países muestran lo distintas que son las nuevas generaciones de las anteriores, y auguran grandes y portentosos cambios nacidos de ellas, olvidan los sucesos acaecidos en el verano de 1968, hace 51 años. Wikipedia se refiere así a ellos:

“Los movimientos del 68 compartieron de un modo muy impreciso la misma dimensión cultural o política, con gran presencia estudiantil (más o menos manipulada o espontánea), pero siempre desbordando los cauces de participación ciudadana convencional. Sus reivindicaciones eran habitualmente poco evidentes: aunque se iniciaban por problemas concretos, se terminaban haciendo genéricas, demandando la solidaridad y conexión con otros grupos, transformaciones altruistas y universales o vagas propuestas de autogestión.

 El 68 representó la irrupción de una juventud que, a pesar de (o precisamente a causa de) estar recibiendo un nivel de formación educativa muy superior a la de sus padres (quienes se la estaban proporcionando confiados en su capacidad de generar ascenso social), parecía no compartir los valores de estos, ni encontrar sitio en una sociedad que percibían como llena de convencionalismos arcaicos y necesitada de cambios. Se ha llegado a decir que ‘por primera vez una clase de edad (adolescente y juvenil) tomó el relevo de las clases sociales’".

No hay nada nuevo bajo el cielo, y que los jóvenes del 19 protesten contra lo que hicieron durante el último medio siglo los jóvenes que protestaron en el 68 no es raro ni malo. Así como está bien que marche quien crea que marchando va a generar más empleo en el país, o va a acabar con la pobreza, o va a convertir en monjitas de la caridad a los asesinos ladrones y corrompidos que pululan. En algo disminuirán sus ansiedades y por lo menos harán ejercicio. Lo malo es que ese ambiente de protesta permanente sea usado, como está sucediendo, por pequeños grupos extremistas para generar caos y adelantar sus intereses políticos en contra del país.

En los primeros 14 meses del gobierno de Iván Duque se contabilizaron 220 días de marchas o paros, o sea una casi cada dos días. Las excusas para hacerlas fueron de toda clase, pero, por muy diversas que hayan sido, se ha ido volviendo costumbre su final violento. El reporte es siempre el mismo: se inician pacíficamente, pero ¡oh sorpresa! siempre acaban en violencia. Al final, ni siquiera se sabe por qué marchaba un grupo u otro, y lo que se conoce es el resultado de los actos violentos. Como el alacrán, esas marchas siempre llevan la ponzoña en la cola.

Lo cierto es que quienes promueven las marchas son plenamente conscientes de que desembocan en violencia y en el irrespeto de los derechos y la propiedad de los colombianos. Su responsabilidad, por tanto, es igual a la de los vándalos que usan las marchas como vehículo para amparar sus desmanes, y debieran ser sancionados por igual.

Como van las cosas, habrá que marchar para exigir paz en las marchas. Una marcha para exigir justicia contra los criminales que las desvirtúan y para exigir que los promotores reparen a las víctimas de los desmanes de las marchas. En fin, una marcha para que el derecho de la gente a reunirse y manifestarse pública y pacíficamente sea realmente para eso: para una manifestación pacífica. Esa sería, quizás, la única justificación valedera para la marcha del 21.

Por Emilio Sardi Aparicio

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