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Opinión

Violencia simbólica

Hay que dejar de poner rótulos para dañar a los demás o para descalificar a aquel que piensa “diferente”. Hay que dejar de soportar la vida en la moralidad porque, como expuso Protágoras, esta no constituye un saber. De ahí que no podamos desestimar a una persona o a su familia solo por su apellido. Si no, ¿para qué nos educamos? @cataredacta

En vísperas de estas elecciones presidenciales se ha visto de todo. Un presidente que hace campaña contra el candidato que menos le gusta; una procuradora general que suspende a un alcalde por intervenir en política electoral, como el presidente (solo que a él nadie lo suspende);  y, a pocos días de los comicios, una triste muestra de atraso en la sociedad colombiana: la insólita carta en la que 23 padres de familia de un colegio privado expresan su inconformidad por la admisión de dos niñas que pertenecen a una familia que practica “valores” contrarios a los suyos. Todo esto, con un sesgo político implícito que da náuseas y que refleja por qué Colombia no es lo que queremos que sea.

Lo que denota esa carta no es más que violencia simbólica. ¿Cómo hablar de educación si no se tiene en cuenta la esencia de cada persona? Más allá del nivel socioeconómico en que se nos inscribe y de cualquier otra categoría que se asiente en las bases de una cultura segregadora y reduccionista, la educación es el derecho fundamental que, según Platón, permite al ser humano superar el sentido común, es decir, ir de lo aparente a lo verdadero. 

No es posible que dos niñas que apenas empiezan a integrarse en la sociedad sean vetadas por un grupo de padres que dicen estar indignados con su presencia en una institución solo por ser hijas de Daniel Quintero, el suspendido alcalde de Medellín que ha sugerido presunta o abiertamente su apoyo a Gustavo Petro. Y no se trata de Quintero, mucho menos de Petro. Se trata de esas niñas a quienes en su inocencia e indefensión se les pretende anular y vulnerar su derecho a formarse como cualquier otro ser humano. 

En la visión de Platón, la educación es un proceso de transformación interior que está estrechamente ligado con la justicia, o bien, con la formación de personas justas. ¿Qué tan justos somos cuando señalamos a los demás por elegir corrientes o ideologías distintas a las nuestras? 

El germen de casi todos los males que sufrimos en este país es la intolerancia a la diferencia. Si no nos gusta cómo es el otro, lo irrespetamos hasta hacerlo sentir culpable solo por ser como es. Si no estamos de acuerdo con lo que dice el otro, exterminamos su idea o, lo que es peor, su humanidad. Vivimos en la sociedad de la anulación. Vivimos atados a un modelo que va contra todo lo que se entienda como humano. Quizás porque hemos terminado priorizando lo que menos vale, al tiempo que le restamos valor a lo que de verdad lo tiene. 

La violencia simbólica siempre ha estado con nosotros. Somos dominados consciente o inconscientemente de que muchas de nuestras acciones y decisiones se basan en los objetivos de otras personas, mas no en nuestros propios deseos. Hay que dejar de poner rótulos para dañar a los demás o para descalificar a aquel que piensa “diferente”. Hay que dejar de soportar la vida en la moralidad porque, como expuso Protágoras, esta no constituye un saber. De ahí que no podamos desestimar a una persona o a su familia solo por su apellido. Si no, ¿para qué nos educamos?

@cataredacta

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