El Heraldo
Opinión

Querida diabetes

«Si viera a la diabetes como a una enfermedad, claro que viviría enferma… pero como me rehúso a estar en ese estado por siempre, he decidido verla como a una amiga». 

Un poco más de 12 años después de haberte conocido, hoy te escribo. El día en que me dijeron que me acompañarías hasta el último de mis días no supe bien qué pasaba. ¿Se había desconfigurado mi organismo? ¿Tenía yo tan mala suerte como para merecer algo como tú de por vida? ¿O lo que esos exámenes decían era solo un chiste flojo que no iba a durar sino unos minutos y ya? Fueron tantas preguntas las que surgieron de momento, que no hubo espacio para responder ni una sola. «Catalina, tienes diabetes mellitus tipo 1, una enfermedad crónica sin cura», dijo el médico. Y yo, apenas pudiendo reconocer tu nombre, sentí que se avecinaba un duelo. 

Todos te temen, es cierto. Cuando la gente me pregunta por ti, por cómo va nuestra relación, suele hacerlo con cierta preocupación de fondo. Y eso es comprensible, porque eres como todo aquello que, de no cuidarse, puede llegar a hacer mucho daño. Puedes hacer trizas mis riñones; puedes quitarme el gusto de contemplar con mis ojos las cosas más bellas del universo; puedes destrozarme el corazón; puedes hacer que mi sistema nervioso autónomo pierda por completo su autonomía, y, sin más ni más, puedes hacer que deje de respirar.  

A pocos meses de vivir contigo, alguien me preguntó si el diagnóstico de una enfermedad crónica y perpetua, como tú, representaba para mí estar enferma por siempre. Recuerdo ese día como uno de los más importantes en todo lo que guarda relación contigo. Y no por haber tenido que enfrentarme a esa despiadada pregunta, sino por haberte abrazado por primera vez con esta respuesta: «Si viera a la diabetes como a una enfermedad, claro que viviría enferma… pero como me rehúso a estar en ese estado por siempre, he decidido verla como a una amiga». 

Y eso has sido para mí hasta ahora, querida diabetes, ya te diré por qué. Llegaste con una cantidad de reglas que a cualquiera asustaría, queriendo imponer tu ritmo al mío a como diera lugar. Con los años me he ido dando cuenta de que así como en la música hay un compás que marca el tiempo y unas notas que se adaptan a él, tú y yo hemos hecho que mi vida ‘suene’ distinto, quizás de una forma más vibrante que antes. Porque contigo recobré el verdadero sentido de vivir dulcemente.   

«Es algo así como repicar, pero sin campanas», le dijo el coronel sin emisor de García Márquez a Don Sabas cuando este le dio a probar el endulzante artificial que tenía sobre su escritorio. Don Sabas y su diabetes, en plena mitad del siglo XX, al parecer nunca se pusieron de acuerdo. Para él, tú eras sinónimo de martirio, de padecimiento o de muerte. O, a la larga, más bien eso eras tú para Gabo, que sin compasión describió la experiencia de tomar café endulzado con ese ingrediente extraño como «una dulzura triste».

Alguien me dijo alguna vez que con tu llegada yo debía estar de luto, porque había perdido “el dulce de la vida”. Como si el azúcar fuera esa llave mágica que hace sonreír, la única capaz de abrir las puertas de la felicidad y, en su ausencia, de cerrarlas definitivamente. Pero yo quise creer otra cosa, querida amiga. 

P. D.: Gracias por enseñarme que la clave no está en vivir para cuidarme, sino en cuidarme para vivir.

 @cataredacta

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