El Heraldo
Opinión

La sinfonía del silencio

Beethoven fue un músico sordo. Debido a un problema intestinal (disentería), su sentido del oído se debilitó progresivamente.

El 17 de diciembre de 1770 nació en Bonn (Alemania) uno de los más grandes compositores de todos los tiempos. Él, Ludwig van Beethoven, llegó al mundo en uno de los períodos más complejos de la historia de la humanidad: la era de las revoluciones y de las luchas nacionales. Por ese entonces, un tal Goethe publicaba ‘Las desventuras del joven Werther’, novela que inspiró independencia, libertad y rebeldía, como también el suicidio de jóvenes europeos que, seducidos por el letal encanto del romanticismo, hicieron de su vida y del amor una tragedia, tal como el ‘Werther’.

«Siempre tenía un aspecto grave; sus ojos, sumamente vivos, solían parecer soñadores a causa de la mirada un poco triste, forzada y dirigida hacia lo alto». Así describió y dibujó a Beethoven el pintor polaco August Kloeber, tratando de descifrar el rostro enigmático de quien 250 años después de su nacimiento continúa siendo un enigma desde la profundidad de su música, de sus virtudes y de sus demonios.

La vida de Beethoven bien podría definirse con el término resiliencia, ese que por estos tiempos tantos emplean con tanta frecuencia y hasta se lo tatúan, a lo mejor, sin saber bien cuál es su significado. Poco antes de cumplir 30 años, cuando gozaba de prestigio en Viena, empezaron a aparecer los primeros signos de sordera. ¡Un músico sordo! Esta quizás es la ironía más grande de un hombre cuya vida no fue sino una gran paradoja. 

Contrario a la lógica, Beethoven fue un músico sordo. Debido a un problema intestinal (disentería), su sentido del oído se debilitó progresivamente hasta redundar en la sordera. Fue así como su mala salud, lo que el genio nacido en la orilla izquierda del Rin llamó “ese demonio envidioso”, le obligó a llevar una vida de ermitaño.

«Durante casi dos años he tratado de evitar toda compañía, sencillamente porque no puedo decirle a la gente que estoy sordo», le expresó a un médico amigo en una carta fechada el 29 de junio de 1801. Escuchaba el timbre de las voces a su alrededor, mas no distinguía las palabras. Si alguien gritaba, el ruido le era insoportable… Y así, la sordera siguió progresando y haciendo bulla en el interior del músico, hasta sumirlo en el más oscuro y doloroso silencio exterior.

«La paciencia tiene más poder que la fuerza», según Plutarco, el estoico griego con el que Beethoven aprendió la resignación. Pero la suya no fue una resignación apagada ni muerta. La de Ludwig van Beethoven fue la que lo llevó a realizar un proceso compositivo tan complejo como hermoso que, con total seguridad, le mantendrá vivo en la eternidad.

«En los últimos tiempos he maldecido mi vida a menudo», dijo Beethoven reconociendo su debilidad, tan humana como su música… ¿Cuántas veces la vida nos ha mostrado su lado más cruel?, ¿cuántas veces hemos sido golpeados por el dolor que supone una enfermedad?, y ¿cuántas hemos creído que la vida es tan miserable como la muerte?

En ocasiones, Beethoven llegó a sentirse «la más infeliz de las criaturas de Dios», sin embargo, se dijo a sí mismo: «Debo afrontar mi destino». Y eso es la vida. Afrontar lo que llega y lo que no. Experimentar la alegría de un milagro. Ver en las dificultades una oportunidad para triunfar. Y, como Beethoven, encontrar en el silencio la más bella de las sinfonías.

@cataredacta

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