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La lengua no tiene sexo

Desde el punto de vista lingüístico, según la Real Academia Española (RAE), no hay razón para pensar que el género gramatical masculino excluye a las mujeres, en tanto que «su carácter no marcado hace innecesario el desdoblamiento en la mayoría de los casos». Desde mi punto de vista, que pretende ser un tanto más humanista, no necesitamos modificar la estructura de las palabras para dignificar nuestro género.

L@s niñ@s, les niñes, lxs niñxs”… Al igual que yo, es posible que muchos de ustedes vean lo anterior como un completo error. Y, en efecto, lo es. No solo porque el uso de la arroba, la ‘e’ o la ‘x’ para hacer referencia al sexo femenino y masculino en un mismo término va en contra de las reglas gráficas y morfológicas del español, sino también porque, aunque es importante resaltar el valor de la mujer y de las luchas motivadas por la conquista de la liberación de nuestro género, la lengua española no puede ser atropellada por la altisonante necesidad de que las mujeres logremos eliminar la opresión que desde tiempos inmemoriales hemos padecido bajo las diversas formas de dominación, subordinación y explotación a las que ha sido sometido nuestro género. Si estás en desacuerdo con eso, repasemos lo dicho. Te reto a leer en voz alta las “palabras” con las que inicio este texto.

Decir entonces que es innecesario e impronunciable el uso de ciertos términos que el movimiento feminista ha querido establecer como territorio neutral entre el universo de las mujeres y el de los hombres, no se constituye en una testarudez, menos en una aseveración machista; simplemente, es una posición que busca aportar mayor sensatez al uso del lenguaje como émbolo para hacer comprensibles las ideas, más no como instrumento maleable y susceptible a cambios soeces en la pretensión de la defensa de ideales significativos y respetables de por sí.

Este ocho de marzo, Día Internacional de la Mujer, es una fecha para repensar, una vez más, nuestra inclusión como seres humanos (¿o humanas?) en el mundo, esa esfera donde lo imaginado suele cobrar más peso que lo corpóreo, y donde todos(as) hemos crecido con una perspectiva necia y mezquina que nos invita a pensar en masculino, incluso cuando hablamos de dirigir los destinos de lo que se entiende como femenino. Sin embargo, no por ello tiene que convertirse al español en carne de cañón. 

Como lo dice la filósofa Victoria Camps, el siglo XX pasará a la historia como ese período de cien años en el que tuvo lugar la revolución de las mujeres, o bien, el inicio de esa búsqueda de la emancipación de un género anulado y maltratado casi que por naturaleza, aun cuando dicha perspectiva sea tan antinatural. Esta revolución inició y ha sido conducida por mujeres convencidas de la importancia de resaltar y ubicar su género al mismo nivel que el masculino, con todas las transformaciones que se requieran para conseguir ese noble objetivo. Pero, ¿es necesario transformar la lengua? 

Desde el punto de vista lingüístico, según la Real Academia Española (RAE), no hay razón para pensar que el género gramatical masculino excluye a las mujeres, en tanto que «su carácter no marcado hace innecesario el desdoblamiento en la mayoría de los casos». Desde mi punto de vista, que pretende ser un tanto más humanista, no necesitamos modificar la estructura de las palabras para dignificar nuestro género; tampoco tratar de imponer confusos términos que intensifican más la lucha de opuestos que la construcción y el fortalecimiento de un imaginario femenino. Porque, a fin de cuentas, la lengua no tiene sexo.    

@cataredacta

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