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Opinión

Apología al nazismo

Ver a los prospectos de policías de Colombia vistiendo trajes alusivos a la Alemania nazi y portando emblemas del terror como la cruz esvástica que representa, entre tantos otros horrores, la pérdida irreparable de millones de personas cuyo único ‘pecado’ fue nacer en el seno de un hogar hebreo, es una vergüenza absoluta en cuanto a todo lo que la idea de institucionalidad de la Policía encarna. 

La primera vez que vi El pianista, filme dirigido por Roman Polanski y protagonizado magistralmente por Adrien Brody, mis lágrimas fueron apenas una respuesta lógica ante la puesta en escena de uno de los capítulos más absurdos de la historia humana: el holocausto nazi. El Holocausto, o la persecución y asesinato sistemático de israelitas y de otros grupos humanos por ser considerados seres de inferioridad racial y biológica, se desarrolló de 1939 a 1945 dejando un saldo de seis millones de judíos exterminados. Luego de conocer la insólita “actividad académica” realizada en una escuela de Policía en Tuluá, me pregunto qué entiende la Policía Nacional por pedagogía e historia universal.  

Ver a los prospectos de policías de Colombia vistiendo trajes alusivos a la Alemania nazi y portando emblemas del terror como la cruz esvástica que representa, entre tantos otros horrores, la pérdida irreparable de millones de personas cuyo único ‘pecado’ fue nacer en el seno de un hogar hebreo, es una vergüenza absoluta en cuanto a todo lo que la idea de institucionalidad de la Policía encarna. Con iniciativas “culturales” y “educativas” como esa, ¿es posible confiar en una institución que, contrario a lo que hace, dice tener como “eje fundamental” la promoción y el respeto por los derechos humanos?        
«Mi madre corrió hasta mí, me tomó de los hombros y me dijo: “Leibele, no te volveré a ver nunca más. Cuida a tu hermano”», cuenta Leo Schneiderman (USHMM) sobre su llegada a Auschwitz, campo de concentración o de la muerte donde fue separado de su familia y donde más de un millón de personas fueron asesinadas por el odio nazi. El testimonio de Leo, como el de cientos de personas que lograron salir con vida del infierno al que fueron sometidas por el absurdo disfrazado de patriotismo, es un recordatorio de todo lo que no debemos repetir ni permitir como humanidad.

La Shoá, o la catástrofe de los judíos a manos de un orate con poder, no puede ser olvidada. Y al recordarla, como es obvio, no se puede hacer a un lado a las víctimas, ni mucho menos pasar por encima de su memoria ni de su descendencia por medio de retorcidos actos simbólicos que enaltecen y rinden culto a aquello que carece de total validez en un supuesto contexto académico. Lo peor de este bochornoso impase de la Policía de Colombia es lo que la institución responde ante las críticas en su contra.   

«La Policía Nacional rechaza con la mayor vehemencia la decisión tomada al interior de la Escuela. Se trata de hechos que van en contravía de la política institucional de absoluto respeto por los derechos humanos», se lee en el comunicado en el que además se informa sobre la decisión de remover del cargo al director de la Escuela Simón Bolívar de manera inmediata. 

La Policía, que en defensa de su “institucionalidad” califica lo ocurrido como algo «inaceptable, equivocado e inconsulto», intenta hacerle creer a la opinión pública que la responsabilidad de todo recae sobre una de sus extremidades. No ignoremos que esa escuela de Tuluá, donde incautos aprendices retrataron el nazismo por medio de una desastrosa apología a la barbarie, forma parte de sí.  

@cataredacta

 

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