“Si usted nace tonto en Rumania/sigue la carrera de tonto,/si usted es tonto en Avignon/su calidad es conocida/por las viejas piedras de Francia,/por las escuelas y los chicos/irrespetuosos de las granjas./Pero si usted nace tonto en Chile/pronto lo harán embajador./Llámese usted tonto Mengano,/tonto Joaquín Fernández, tonto/Fulano de Tal, si es posible/tenga una barba acrisolada./Es todo cuanto se le exige/para “entablar negociaciones”. En el poema ‘Los diplomáticos’, del Canto general –el libro en que Pablo Neruda registró los dramáticos procesos que han atravesado los pueblos latinoamericanos–, además de otras tantas realidades conmovedoras Neruda cuestionó el papel de la diplomacia. En efecto, en este mundo convulsionado en el que se libra una vieja batalla entre ideologías extremistas, los diplomáticos tienen un rol fundamental. Son servidores públicos, representantes de un Estado en sus relaciones internacionales, y sus funciones deben estar encaminadas a procurar la armonía necesaria para evitar conflictos que atenten contra el bienestar de las sociedades que representan. Como es natural, el difícil arte de negociar entre países está determinado por el perfil ideológico de los gobiernos de turno, y, consecuentemente, ello marca las políticas a seguir ante eventuales discordias.
Lo que ocurre en Venezuela luego de que Juan Guaidó se autoproclamara presidente interino, parecería tener al dictatorial Maduro a punto de caer. Sin embargo, la cosa no es nada fácil. Si Hugo Chávez pudiera ver en qué derivó su idea de refundar la patria bajo el Socialismo del siglo XXI, quedaría en shock. Porque lo que pasa en Venezuela es un desastre. Un desastre previsible. Cuando Maduro, entonces candidato, dijo que el recién fallecido Chávez se le había aparecido en forma de un “pajarito chiquitico”, supimos que ese señor no era normal. “Lo sentí ahí como dándonos una bendición, diciéndonos: hoy arranca la batalla. Vayan a la victoria. Tienen nuestras bendiciones”. Y claro, la gloriosa idea de batalla no deja de estar presente en el delirio de un caudillo, ya sea un maniático extremista de izquierda, o un bárbaro fundamentalista de derecha; pero resulta escalofriante ver cómo esa idea de combate enardece también a gobiernos y pueblos enteros.
El hoy famoso manuscrito que dejó ver el asesor de seguridad de los Estados Unidos, John Bolton, ha causado revuelo en el país. La frase “5.000 troops to Colombia” parecería indicar que hay un arrocito en bajo. Y, si bien el socialismo del siglo XXI es un cadáver maloliente que asfixia hoy a los hermanos venezolanos, el lucrativo negocio de la guerra, que sostiene la economía de algunos países, está asfixiando al mundo entero. Por consiguiente, hay que ser muy cuidadosos con caer en ese radicalismo que propone a veces la diplomacia. Especialmente los tibios, los de centro, que somos muchos. Los declarados defensores de la paz que claudicamos por miedo.
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