Para bien, o para mal, las actuales formas de comunicación entre los seres humanos son irreversibles. La era de las redes sociales y las múltiples plataformas que la tecnología ha puesto a disposición en la red de comunicación internacional, determinaron cambios sustanciales en los procesos de transmisión y recepción de información de las nuevas generaciones. Ahora todo es más accesible desde los portales de Internet, y tal parece que, para los jóvenes, más asimilable. El caso de Netflix, la empresa de entretenimiento que irrumpió en escena con el nuevo milenio, es muy representativo. Poco a poco desmontó el estereotipo de ver cine implantado por la industria cinematográfica, y, además, reafirmó el desplazamiento de la menospreciada telenovela a un estrato superior llamado serie que cautivó a millones de personas; y, como si fuera poco, introdujo en el mercado su propia producción empobreciendo el horizonte del séptimo arte, promoviendo a la vez la industria de los documentales. Como era de esperarse, ciertos géneros que otrora fueron objeto de gran interés e impecable factura comenzaron a escasear en la cartelera de Netflix, y ceñidos al formato de consumo comenzaron a comercializarse rápidamente los contenidos que exige una sociedad banal. Pero no todo el panorama es desalentador.

Aunque cada vez es más difícil encontrar esas películas que nos zambullen en el hermoso universo del asombro –la puerta de entrada a la introspección–, a quienes sentimos pasión por el lenguaje de la imagen, la llegada de Netflix sigue siendo una dicha. Conforme se mueve el mundo, quizá pronto no sea más que una herramienta primitiva, pero, por ahora, es una de las pocas cosas que consigue atraer la dispersa atención de los millennials y centennials, y así, con todos los peligros que ello implica, Netflix es hoy para ellos una fuente de información y conocimiento.

El lanzamiento de la serie Historia de un crimen: Colmenares, ha causado gran revuelo. En efecto, ni siquiera todo el despliegue que tuvo en su momento la conmovedora muerte de Luis Andrés Colmenares, produjo el malestar que hoy parece estar causando la versión de Netflix. Por un lado, porque logra retratar la podredumbre del sistema de justicia colombiano, y, por el otro, porque sin las cortinas de humo con las que se suele manipular la opinión pública cuando salen a la luz los deplorables casos que ocurren en Colombia, resulta aún más indignante ver la pérdida de valores de la sociedad actual, y la incapacidad del Estado para proteger la vida y honra de los ciudadanos. Lo cierto es que si la muerte de Colmenares –como tantas en el país– quedó enmarcada en la incertidumbre, después de la serie en cuestión la vida de los implicados en el macabro caso nunca volverá a ser la misma.

Es el efecto Netflix. Que, si bien no está ligado a las sanciones jurídicas, en este caso parecería inducir a ejercer la sanción social que tanta falta hace en Colombia.

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