Columnas de opinión |

Gusto de traqueto

En Colombia sabemos bien que cuando hay varias jaibas vivas en un caldero hirviente y una de ellas intenta escapar, justo cuando va a coronar al otro lado de la olla otra jaiba la jala de las patas para que vuelva a caer. Esta semana, Maluma mostró un video donde aparece llorando tras recibir el avión que compró. De inmediato lo tacharon de ridículo, inhumano y, sobre todo, de tener “gusto de traqueto”.

Darse golpes de pecho por el gusto ajeno es un acto de profundo narcisismo y banalidad. En realidad, “gusto traqueto”, leí en un trino, “es la sanción de las élites contra la movilidad social”. o, “La expresión con la que se castiga a quien tiene la insolencia de ascender socialmente”. Gusto traqueto es sinónimo del mayor pecado en Colombia: ser pretencioso, o sea, “aspirar a una realidad superior, a modificar la rigidez de una vida mediocre con algún que otro destello de ficción”.

Dice Dan Fox en su célebre ensayo Pretenciosidad: “Cuando alguien dice de una persona, de un libro o de una película que es pretencioso, lo está acusando de fracasar de una manera muy particular. Por falta de habilidad y de humildad, por querer moverse del sitio que se le tiene asignado y, por último, por no conectar con la media del gusto popular”.

Pretensiosos fueron los narcos que, con tal de ser aceptados, imitaron el gusto de la clase alta. Uno de ellos incluso mandó a construir su casa a la medida de un club de Cali. El narcotráfico permeó por completo nuestra sociedad y, con el tiempo, fueron ellos los que terminaron siendo imitados: es curioso como la medida del éxito está dada hoy por la demostración de la pretensión.

Antes del “gusto traqueto”, esto ya era frecuente en la música. Si no hubieran sido pretensiosos, quizá muchos artistas nunca hubieran llegado a ser nada más de lo que nacieron siendo. David Bowie dijo alguna vez, por ejemplo: “Durante mis primeros años salí adelante a base de pura pretensión. Si le enseñas a la gente algo en lo que se ha aplicado análisis intelectual o pensamiento analítico, la gente bostezará. Pero algo pretencioso… ¡eso te mantiene alerta!”.

Hasta hace unos años el éxito de nuestros músicos era local. Hoy, la música de un puñado de ellos suena en el Spotify global. Antes que a Maluma, a otros también los criticaron por comprarse su propio avión, como a J.Balvin y a Silvestre. Los tres incursionan, cada uno a su manera, en el reguetón, un género con tintes de estética machista y rezagos de la narcocultura. Basta ver los videos con mujeres voluptuosas y tipos con relojes grandes y cadenas de oro. ¿Por qué extraña entonces el avión, si hace parte del personaje? ¿Acaso porque no se apellidan Santo Domingo o Echavarría?

Hay quienes quieren ver en este regalo de Maluma un ejercicio de opulencia: “Lo que molesta, dicen, es que nos restrieguen el éxito en la cara”. Si el dinero lo han ganado honestamente, ¿por qué no pueden comprar lo que quieran? En realidad, hay en esta crítica mucho de “complejo de jaiba”. Les cuesta entender que para estos cantantes un avión es una herramienta que les facilita el trabajo.

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