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Opinión

Pedro Márquez

Lo peor es que ese relato junto al recuerdo de La Mejor Esquina es apenas una más de las cientos, quizá miles, de historias espantosas que se han vivido en nuestro país desde mediados del siglo pasado; y que se acrecentaron en horror con el apogeo del miserable y atroz narcotráfico, mismo que permeó y corrompió nuestra alma nacional hasta hacerla descender más allá de lo que escribió Dante para el séptimo círculo de su infierno. Por allí cerca andamos todavía.

Intentaré contarlo como lo recuerdo, aunque al final siempre será como se quiera recordar: 

Fue el primer miércoles de febrero de 1988. Al ya desaparecido salón de dibujo del tercer piso del bloque A de Uninorte llegamos los primíparos a nuestra primera clase de Dibujo de Ingeniería con el profesor Pineda, un buen joven señor que, literalmente a punta de lápices HB y 2H, escuadras y escalas, buscaba inculcarnos el cuidado por la proporción y la espacialidad en tiempos en los que un reloj Casio de calculadora era un lujo y el Autocad no existía.

Al fondo del salón, en la última mesa a la izquierda, se sentó Pedro Márquez. Desde ese mismo día colonizó ese espacio. Poco hablaba, y cuando lo hacía la cadencia de su acento dejaba claro que debía ser de la sabana o por ahí cerca. Seguramente, y como parte de lo que todos los primíparos hacemos en procura de conocer gente con la que hacer combo y disimular el susto, algunas opiniones compartimos sobre profesores, clases, trabajos y cualquier otra cosa de las muchas que juntan a adolescentes en los pasillos antes de entrar a clase. Lo que sí recuerdo es que varias veces nos prestamos utensilios como lápices o reglas a pesar de que mi mesa estaba alejada de la suya. Era un pelao generoso y descomplicado en ese sentido. 

Después del receso de Semana Santa, Pedro no volvió. Su mesa quedó vacía la clase del miércoles 6 de abril, 3 días después de que un grupo de paramilitares irrumpiera en la fiesta patronal que coronaba el domingo de resurrección en el corregimiento de La Mejor Esquina, municipio de Buenavista, Córdoba. Se fueron media hora después dejando en el camino 28 cadáveres, entre ellos el de Pedro y el de su hermano Carlos, el del profesor Berrío, el del niño Oscar Sierra, a quien su madre cargaba y lloraba mientras los asesinos la golpeaban a mansalva. Toca ayudarse de archivos de prensa con testimonios de sobrevivientes para tratar de construir un relato de algo inconcebible. Lo peor es que ese relato junto al recuerdo de La Mejor Esquina es apenas una más de las cientos, quizá miles, de historias espantosas que se han vivido en nuestro país desde mediados del siglo pasado; y que se acrecentaron en horror con el apogeo del miserable y atroz narcotráfico, mismo que permeó y corrompió nuestra alma nacional hasta hacerla descender más allá de lo que escribió Dante para el séptimo círculo de su infierno. Por allí cerca andamos todavía.

Nadie se sentó en la mesa de Pedro en lo que resta de semestre. El paso de los años ha llevado a esos alumnos por muchos y diversos caminos. Del profe Pineda volví a saber porque trabajé varios años con su hermana Jenny en proyectos culturales. Con otros compañeros de entonces me veo mucho menos porque las ganas de contar historias, que vencieron a las de diseñar aviones, me llevaron a otras aulas. Nunca volvimos a hablar de Pedro, pero en mi corazón quiero creer que nunca lo olvidamos. Ni a él ni a quienes se llevó la guerra.

asf1904@yahoo.com

@alfredosabbagh

 

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