Columnas de opinión |

¿Queremos un tirano?

Es habitual cuando hablo con compañeros profesores que, tarde o temprano, las reflexiones nos lleven a debatir sobre qué necesita Colombia para finalmente ser un país desarrollado y –abandonar todas las lacras que ha sufrido y aún sufre. Una respuesta recurrente es que el gran problema de Colombia es que carece de líderes que reúnan capacidades, espíritu cívico y carisma. O dicho de otro modo menos elegante e invirtiendo los rasgos citados, Colombia necesita líderes que no sean incapaces, ladrones e insípidos. Según esta teoría, los países los hacen los hombres. Así pues, a mejor sean los hombres, mejor serán los países. Colombia, en definitiva, necesita de un Licurgo que, como en la antigua Esparta, nos diga a todos como hemos de vivir nuestras vidas. Un fundador de sociedades que, tal y como hizo el legendario legislador lacedomonio, rehaga desde los cimientos este desastre de país que nos han dejado tres siglos de colonia y dos de república.

La idea no es nueva. El recurso al héroe es tan viejo como el hombre. En Latinoamérica se llama caudillismo y, como es bien sabido, no ha traído más que éxitos de todo tipo a los desdichados habitantes de estas malhadadas tierras. Licurgo dotó a Esparta de una “Constitución” que incluso en su propio contexto histórico era terrible. Desde nuestra perspectiva actual y por resumirlo groseramente, era una mezcla de lo mejor de los nazis y de los comunistas. Posiblemente, a causa de ser semejante salvajada era por lo que a lo largo de la historia el modelo espartano le ha gustado tanto a ínclitos amantes de la tiranía como al ateniense Platón (casi tanto como le disgustaba la democracia de su propia ciudad).

Y he ahí el problema. Que si se confían los destinos de una sociedad a un hombre no se puede esperar otra cosa salvo tiranía. Aunque el tipo sea un santo, acabará corrompiéndose (recordemos a Lord Acton) y, si no lo es, se corromperá desde el mismo principio. ¿Puede no pasar y que nos toque un elegido de Dios? Puede pasar. Y también que ganemos el baloto mañana. Pero, seamos sinceros, no es lo habitual. ¿Entonces, qué hacemos? Pues lo que toda la gente mínimamente sensata que ha reflexionado sobre cómo se diseña un buen gobierno ha concluido siempre: para fundarlo se requieren acuerdos transversales lo más amplios posibles y para transformarlo son necesarias reformas progresivas acordadas por la mayoría. Todo ello sin olvidar la regla de oro: dado que el poder es, si no malo, sí peligroso, es imprescindible limitarlo distribuyéndolo en diversas instituciones que se controlen unas a otras y que a su vez estén controladas por la ciudadanía (mediante el voto, la prensa libre, etc.). En última instancia, recuérdese una idea: aquellos que recurren a los salvadores de la patria están perdidos, pues los únicos que pueden salvar a los ciudadanos son los propios ciudadanos. En eso consiste la democracia. No en caudillos. Por muy Licurgos que sean.

 

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